Número 31 - Junio 2007 - Sección: Reportaje - Especial Ampliación
 
  Esperanza Rosillo y Teresa Romo

"Podemos remediar la pobreza de África desde Europa, cada día"

Después de pasar 25 años en África (Ruanda, Kenia, Sudán), en aldeas sin agua y de muy difícil acceso, dos misioneras nos recuerdan que para erradicar el hambre también se puede actuar desde los países ricos. Y lo que es más importante: nos dicen cómo.


Desde que alguien se inventó eso de la globalización y los hipermercados se comieron a la tiendita de la esquina, el consumidor se ha sentido cada día más indefenso, como si no contara, aunque él mismo ha sido cómplice en el proceso. ¿Hasta dónde llega el poder de los consumidores unidos y cómo podemos enlazar ese poder con problemas planetarios como el hambre, las guerras y la pobreza extrema? Tal impulso podría convertirse en una revolución silenciosa y pacífica, con la sola intervención de nuestras cuentas corrientes, una información objetiva, la llamada responsabilidad social corporativa y la política. No es una idea nueva, pero cada vez se va oyendo más. Requisitos: querer cambiar las cosas, preocuparse por obtener la información adecuada (a través de las nuevas tecnologías principalmente), mantener una disciplina de unidad y estar dispuesto a pagar un precio por no seguir mirando hacia otro lado. Aquí la ley del mínimo esfuerzo no vale.



La idea nos la ha traído a colación Teresa Romo, religiosa comboniana, que nos explica: “Todo lo que hacemos diariamente como consumidores tiene una repercusión. Ya que en esta sociedad somos básicamente eso, consumidores, y se nos quiere por nuestro dinero, creo que es necesario reivindicar y utilizar nuestra parcela de poder. Unidos podemos convencer a las empresas de que respeten los valores que compartimos millones de consumidores e incluso lograr que los compartan. ¿Dónde y a quién compramos? ¿Respetan esas empresas el comercio justo mundial? ¿En qué condiciones laborales y humanas se fabrican los artículos que compramos y que provienen de países del Tercer Mundo? Y los bancos, ¿qué hacen con nuestro dinero? ¿Dónde y de qué manera lo invierten? Nuestra responsabilidad como consumidores es informarnos y actuar en consecuencia, lo más unidos posible, claro. Ninguna gran empresa podría permitirse el lujo de desafiar abiertamente la confianza del consumidor, porque el dinero, antes de ser suyo, era nuestro”.

Pero en esta cadena, falta un eslabón: la información de los consumidores. ¿Quién decide e informa sobre las actividades de empresas, bancos y políticos? Los medios de comunicación, que a su vez, por desgracia, están en manos de los investigados. Sólo las nuevas tecnologías pueden lograr que la información circule libremente y sólo un grupo de personas fuertemente comprometidas y éticamente intachables podrían llevarlo a cabo.

Esta acción colectiva ha de ir unida a otra, más de carácter privado. “¿Cómo educamos a nuestros hijos? ¿En qué valores? ¿Les inculcamos la necesidad de valorar adecuadamente las cosas materiales y las espirituales? ¿Actuamos en consecuencia con esas enseñanzas, dando ejemplo? ¿Permitimos que en nuestras casas se malgaste o despilfarre?”.

He aquí una de las claves fundamentales para que se pueda producir un cambio sustancial en la erradicación de la pobreza, tanto en los Países del Tercer Mundo como en Occidente y el mundo desarrollado, donde crecen las bolsas de exclusión en medio de la abundancia.

La lucha contra la pobreza está ganando presencia social en los medios. Se hacen maratones televisivos, campañas del kilo, o recogidas de fondos como las de Manos Unidas. Se ha multiplicado el número de ONGs dedicadas al desarrollo, ya sea de profesionales sanitarios, enfermeros, médicos, farmacéuticos, o de pequeños grupos que se ocupan de proyectos muy concretos, un pozo, una escuela. Su presencia y los donativos que canalizan son el sustento mínimo de una infraestructura humanitaria permanentemente insuficiente, pero que impide un número de muertos por hambre en el tercer mundo aún más catastrófico y vergonzante (teniendo en cuenta que ya lo es). Existen webs y comunidades virtuales que se organizan como círculos de presión o lobbies para erradicar la pobreza, como pobrezacero.org.

En este panorama diverso, los misioneros son un testimonio, un ejemplo y una fuente de esperanza. Ejemplos y no discursos son lo que demanda el mundo, decía precisamente el Papa Woytila. Los misioneros permanecen en el país incluso bajo amenazas o peligro de muerte. Su entrega es total porque han aceptado la manera más radical de vivir el cristianismo. Un testimonio discreto pero incontestable de la fe cristiana.

Cuando en las tertulias se habla del hambre en el mundo, se tiende al tremendismo y a echar culpas: se señala a los responsables de la grave desigualdad mundial y se lamenta la dificultad de encontrar una solución. En el primer casi se suele apuntar casi siempre a los más ricos del mundo, a los políticos y grandes empresarios. En la búsqueda de soluciones no siempre somos honestos: solemos delegar nuestra responsabilidad en los arriba mencionados; cualquiera menos nosotros mismos; seguramente porque no sabemos por dónde empezar. Tere y Esperanza han pasado más de 25 años en África han visitado Gran Canaria entre febrero y abril para, entre otras cosas, recordarnos las muchas maneras en que podemos colaborar activamente por un nuevo orden mundial. Es una propuesta que nos interroga y nos obliga a tomar postura.
Historia personal y vocación
Tanto Esperanza como Teresa coinciden en que, al principio, no querían ser religiosas (“misioneras sí, monjas no”), sino “hacer algo por los demás”, aunque posteriormente se dieron cuenta de la riqueza de la vida religiosa. Teresa se dejó aconsejar a partir de los 12 años por un sacerdote que siempre le recomendó vivir su vida como cualquier otra joven, conocer a chicos, disfrutar de su juventud. Sólo cuando un día Tere se plantó y le “informó” de que se iba a las misiones con o sin su consentimiento supo aquel sacerdote que la vocación era cierta.

Ese primer sentimiento altruista fundado en el idealismo y en el descubrimiento de la persona de Cristo se transformó en una convicción más profunda y realista gracias a varios acontecimientos que marcaron espiritualmente a las dos jóvenes. Esperanza leyó un artículo en una revista misionera donde un africano reprochaba a los europeos su egoísmo. “Si yo hubiera conocido a Jesucristo, hubiera hecho cualquier cosa por comunicarlo y compartirlo con los demás, pero ustedes se han quedado en su país sin hacer nada”. Estas palabras retumbaron en su interior. “Me di cuenta entonces de que los cristianos europeos estamos vacunados contra la fe. Nos han puesto esa vacuna en muy pequeñas dosis, de forma que apenas nos hemos dado cuenta. Y nuestra religión se ha convertido en un discurso vacío. Durante siglos nos hemos maleducado en el pecado, y nos hemos contaminado con mil historias del amigo del vecino, o del cuñado del padre del tío, diciendo ésto o lo de más allá de la Iglesia, los curas y las monjas. En este país, la mayoría habla de Cristo de oídas, sin conocer quién es realmente. Si preguntamos en un instituto quién ha leído los Evangelios y quién el Código da Vinci, nos daremos cuenta de dónde viene la desinformación. En Europa hace falta una evangelización totalmente nueva.

Otro gran político africano, Johmo Kenyatta, dijo una vez –cuenta Teresa–: “Ustedes, la Iglesia, son la conciencia de los políticos. No pretendan que les hagan caso siempre, ni que sus críticas sean bien recibidas, pero tienen que seguir hablando alto y claro, para que no perdamos la conciencia”.
“En África tenemos un terreno virgen donde la semilla puede germinar libremente. En cambio Europa es como un pedregal, a menudo el hombre europeo es resabiado y soberbio, no acepta la enseñanza divina. Es escéptico y quiere pruebas científicas. El africano tiene otra forma de ser, y es capaz de elegir entre sus tradiciones y las enseñanzas de Jesús”.

Esperanza, aunque ha tenido crisis de fe, como todo cristiano, siempre ha salido fortalecida de ellas. “Lo que más me ha ayudado, quizá porque Dios ha sido misericordioso conmigo y me lo ha querido mostrar, ha sido comprobar la fuerza real y transformadora de la Palabra de Dios, que nuestra evangelización da su fruto”. Cuenta emocionada algunos casos que la acompañan siempre, asideros de su fe que la ayudan a pasar la noche oscura del alma.

“Una vez un hombre de nuestra aldea, Benjamin, volvió a casa después de un largo viaje con su camión. Era transportista. Por alguna razón volvió un día antes de lo previsto, y al llegar a casa encontró a su mujer con otro hombre en la cama. En un instante por aquel hombre pasaron todos los posibles estados de ánimo, desde la rabia y la violencia hasta el deseo de venganza, la tristeza y el ridículo. En medio de la noche, vino a nuestra casa y nos lo contó todo. “No quiero hacer lo que sé que tengo que hacer según nuestra tradición, porque Jesús me ha enseñado que hay que perdonar”. Así, aguantando los comentarios de la gente (decían que la mujer le había embrujado con hierbas, que no era lo suficientemenete hombre, o que era tonto), públicamente, delante del otro hombre y de su mujer, la aceptó de nuevo, la perdonó y expresó públicamente que decidía no ejercer su derecho a vengarse del otro hombre y a rechazar a su mujer, y quería asegurarse de que nadie de su familia se tomase la justicia por su mano en su nombre”.

Durante una incursión entre etnias, un grupo de hombres entraron violentamente en una aldea enemiga. Normalmente roban, destruyen algunas casas, pero no hieren a nadie. En esta ocasión, en cambio, mataron incluso a algunas mujeres y niños, con lo que ésto supuso de tragedia, rabia, venganza y sufrimiento. Coincidió con un tiempo de hambruna en la zona. “Habíamos pedido dinero a un grupo de cristianos de Europa para ayudar a esa situación”. A la hermana Esperanza se le ocurrió la locura (aún se pregunta cómo se atrevió a proponerlo) de que las jóvenes Borana fueran a las aldeas Rendiles a repartir la ayuda, y al revés. Las niñas de su aldea, de apenas 15 años de edad pero maduras como sólo la mujer africana puede serlo tan tempranamente, la miraron con cara de asombro. “Sister, ¿usted se da cuenta de lo que nos está pidiendo?”. Ella le quitó importancia. “Es sólo una propuesta, y como tal la podéis rechazar”. Ellas no contestaron nada por el momento, aceptaron pensarlo durante unos días, y hablarlo con el consejo de ancianos del poblado.
Al poco tiempo se presentaron a las hermanas y las dijeron: “Hemos decidido aceptar este reto y sin nuestros mayores nos preguntan porqué lo hacemos les hablaremos de ese Jesús que dice que hay que perdonar incluso a los enemigos”. Las religiosas no podían dar crédito a lo que estaban oyendo. ¿Serían acaso ellas mismas capaces de hacer lo mismo con los hipotéticos asesinos de su padre, hermana o amiga? Esperanza empezó a darse cuenta entonces de lo poderosa que puede llegar a ser la palabra de Dios aceptada en un corazón limpio.

En otra ocasión fueron invitadas a tomar un té en casa de una familia. Por la manera de actuar del hombre, se dieron cuenta de la situación de maltrato psicológico al que era sometida aquella mujer en su casa, pues apenas podía mover un dedo sin el permiso de su marido, cosa que en absoluto es normal en las tradiciones de algunos pueblos africanos. Al cabo de un rato, el hombre hizo una declaración delante de todos que dejó boquiabiertas a las hermanas: “Durante quince años he tenido una joya preciosa, pero no la he sabido apreciar, y la he tenido escondida en un rincón, sin apenas hacerla caso. A partir de hoy quiero que esa joya sepa que la aprecio como tal”. Lo curioso de la situación es que aquella mujer, después de sufrir durante años la indiferencia de su marido, aún no se lo creía y seguía en posición de autodefensa, que le ponía más difícil a él mantener su decisión (por críticas de su entorno).



El sello del comercio justo

El sello de “comercio justo” es una iniciativa que pretende ayudar al consumidor a elegir mejor sus compras desde el punto de vista ético. En otras palabras, el sello viene a certificar que lo que compramos se ha fabricado o producido respetando unos criterios: retribución justa, sostenibilidad medioambiental y derechos humanos y laborales. El organismo responsable es el Fairtrade Labelling Organisations International (FLO) creado en 1997, que tiene en España como miembro a la Asociación del Sello de Comercio Justo. Hasta el momento este sello sólo se aplica en nuestro país a una reducida lista de productos proceden de países subdesarrollados: el cacao, el café, el azucar y el té principalmente. En otros países también se aplica al arroz, la miel, el vino, frutos desecados y secos, fruta en general, especias, flores, algodón e incluso balones de fútbol. En cada provincia y ciudad existen diferentes centros comerciales o tiendas que se adhieren a la red y venden este tipo de productos, que suelen ser un poco más caros que los otros, pero ¿acaso no merece la pena?
Para más información pueden consultar las siguientes webs:

http://www.fairtrade.net
http://www.sellocomerciojusto.org


© 2007 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado 12 Junio, 2007

 
 
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