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Esperanza
Rosillo y Teresa Romo

"Podemos remediar la pobreza de África desde Europa, cada
día"
Después de pasar 25 años
en África (Ruanda, Kenia, Sudán), en aldeas sin agua
y de muy difícil acceso, dos misioneras nos recuerdan que para
erradicar el hambre también se puede actuar desde los países
ricos. Y lo que es más importante: nos dicen cómo.
Desde
que alguien se inventó eso de la globalización y los
hipermercados se comieron a la tiendita de la esquina, el consumidor
se ha sentido cada día más indefenso, como si no contara,
aunque él mismo ha sido cómplice en el proceso. ¿Hasta
dónde llega el poder de los consumidores unidos y cómo
podemos enlazar ese poder con problemas planetarios como el hambre,
las guerras y la pobreza extrema? Tal impulso podría convertirse
en una revolución silenciosa y pacífica, con la sola
intervención de nuestras cuentas corrientes, una información
objetiva, la llamada responsabilidad social corporativa y la política.
No es una idea nueva, pero cada vez se va oyendo más. Requisitos:
querer cambiar las cosas, preocuparse por obtener la información
adecuada (a través de las nuevas tecnologías principalmente),
mantener una disciplina de unidad y estar dispuesto a pagar un precio
por no seguir mirando hacia otro lado. Aquí la ley del mínimo
esfuerzo no vale.
La idea nos la ha traído a colación Teresa Romo, religiosa
comboniana, que nos explica: “Todo lo que hacemos diariamente
como consumidores tiene una repercusión. Ya que en esta sociedad
somos básicamente eso, consumidores, y se nos quiere por
nuestro dinero, creo que es necesario reivindicar y utilizar nuestra
parcela de poder. Unidos podemos convencer a las empresas de que
respeten los valores que compartimos millones de consumidores e
incluso lograr que los compartan. ¿Dónde y a quién
compramos? ¿Respetan esas empresas el comercio justo mundial?
¿En qué condiciones laborales y humanas se fabrican
los artículos que compramos y que provienen de países
del Tercer Mundo? Y los bancos, ¿qué hacen con nuestro
dinero? ¿Dónde y de qué manera lo invierten?
Nuestra responsabilidad como consumidores es informarnos y actuar
en consecuencia, lo más unidos posible, claro. Ninguna gran
empresa podría permitirse el lujo de desafiar abiertamente
la confianza del consumidor, porque el dinero, antes de ser suyo,
era nuestro”.
Pero en esta cadena, falta un eslabón: la información
de los consumidores. ¿Quién decide e informa sobre
las actividades de empresas, bancos y políticos? Los medios
de comunicación, que a su vez, por desgracia, están
en manos de los investigados. Sólo las nuevas tecnologías
pueden lograr que la información circule libremente y sólo
un grupo de personas fuertemente comprometidas y éticamente
intachables podrían llevarlo a cabo.
Esta acción colectiva ha de ir unida a otra, más de
carácter privado. “¿Cómo educamos a nuestros
hijos? ¿En qué valores? ¿Les inculcamos la
necesidad de valorar adecuadamente las cosas materiales y las espirituales?
¿Actuamos en consecuencia con esas enseñanzas, dando
ejemplo? ¿Permitimos que en nuestras casas se malgaste o
despilfarre?”.
He aquí una de las claves fundamentales para que se pueda
producir un cambio sustancial en la erradicación de la pobreza,
tanto en los Países del Tercer Mundo como en Occidente y
el mundo desarrollado, donde crecen las bolsas de exclusión
en medio de la abundancia.
La lucha contra la pobreza está ganando presencia social
en los medios. Se hacen maratones televisivos, campañas del
kilo, o recogidas de fondos como las de Manos Unidas. Se ha multiplicado
el número de ONGs dedicadas al desarrollo, ya sea de profesionales
sanitarios, enfermeros, médicos, farmacéuticos, o
de pequeños grupos que se ocupan de proyectos muy concretos,
un pozo, una escuela. Su presencia y los donativos que canalizan
son el sustento mínimo de una infraestructura humanitaria
permanentemente insuficiente, pero que impide un número de
muertos por hambre en el tercer mundo aún más catastrófico
y vergonzante (teniendo en cuenta que ya lo es). Existen webs y
comunidades virtuales que se organizan como círculos de presión
o lobbies para erradicar la pobreza, como pobrezacero.org.
En este panorama diverso, los misioneros son un testimonio, un ejemplo
y una fuente de esperanza. Ejemplos y no discursos son lo que demanda
el mundo, decía precisamente el Papa Woytila. Los misioneros
permanecen en el país incluso bajo amenazas o peligro de
muerte. Su entrega es total porque han aceptado la manera más
radical de vivir el cristianismo. Un testimonio discreto pero incontestable
de la fe cristiana.
Cuando en las tertulias se habla del hambre en el mundo, se tiende
al tremendismo y a echar culpas: se señala a los responsables
de la grave desigualdad mundial y se lamenta la dificultad de encontrar
una solución. En el primer casi se suele apuntar casi siempre
a los más ricos del mundo, a los políticos y grandes
empresarios. En la búsqueda de soluciones no siempre somos
honestos: solemos delegar nuestra responsabilidad en los arriba
mencionados; cualquiera menos nosotros mismos; seguramente porque
no sabemos por dónde empezar. Tere y Esperanza han pasado
más de 25 años en África han visitado Gran
Canaria entre febrero y abril para, entre otras cosas, recordarnos
las muchas maneras en que podemos colaborar activamente por un nuevo
orden mundial. Es una propuesta que nos interroga y nos obliga a
tomar postura.
Historia personal y vocación
Tanto Esperanza como Teresa coinciden en que, al principio, no querían
ser religiosas (“misioneras sí, monjas no”),
sino “hacer algo por los demás”, aunque posteriormente
se dieron cuenta de la riqueza de la vida religiosa. Teresa se dejó
aconsejar a partir de los 12 años por un sacerdote que siempre
le recomendó vivir su vida como cualquier otra joven, conocer
a chicos, disfrutar de su juventud. Sólo cuando un día
Tere se plantó y le “informó” de que se
iba a las misiones con o sin su consentimiento supo aquel sacerdote
que la vocación era cierta.
Ese primer sentimiento altruista fundado en el idealismo y en el
descubrimiento de la persona de Cristo se transformó en una
convicción más profunda y realista gracias a varios
acontecimientos que marcaron espiritualmente a las dos jóvenes.
Esperanza leyó un artículo en una revista misionera
donde un africano reprochaba a los europeos su egoísmo. “Si
yo hubiera conocido a Jesucristo, hubiera hecho cualquier cosa por
comunicarlo y compartirlo con los demás, pero ustedes se
han quedado en su país sin hacer nada”. Estas palabras
retumbaron en su interior. “Me di cuenta entonces de que los
cristianos europeos estamos vacunados contra la fe. Nos han puesto
esa vacuna en muy pequeñas dosis, de forma que apenas nos
hemos dado cuenta. Y nuestra religión se ha convertido en
un discurso vacío. Durante siglos nos hemos maleducado en
el pecado, y nos hemos contaminado con mil historias del amigo del
vecino, o del cuñado del padre del tío, diciendo ésto
o lo de más allá de la Iglesia, los curas y las monjas.
En este país, la mayoría habla de Cristo de oídas,
sin conocer quién es realmente. Si preguntamos en un instituto
quién ha leído los Evangelios y quién el Código
da Vinci, nos daremos cuenta de dónde viene la desinformación.
En Europa hace falta una evangelización totalmente nueva.
Otro gran político africano, Johmo Kenyatta, dijo una vez
–cuenta Teresa–: “Ustedes, la Iglesia, son la
conciencia de los políticos. No pretendan que les hagan caso
siempre, ni que sus críticas sean bien recibidas, pero tienen
que seguir hablando alto y claro, para que no perdamos la conciencia”.
“En África tenemos un terreno virgen donde la semilla
puede germinar libremente. En cambio Europa es como un pedregal,
a menudo el hombre europeo es resabiado y soberbio, no acepta la
enseñanza divina. Es escéptico y quiere pruebas científicas.
El africano tiene otra forma de ser, y es capaz de elegir entre
sus tradiciones y las enseñanzas de Jesús”.
Esperanza, aunque ha tenido crisis de fe, como todo cristiano, siempre
ha salido fortalecida de ellas. “Lo que más me ha ayudado,
quizá porque Dios ha sido misericordioso conmigo y me lo
ha querido mostrar, ha sido comprobar la fuerza real y transformadora
de la Palabra de Dios, que nuestra evangelización da su fruto”.
Cuenta emocionada algunos casos que la acompañan siempre,
asideros de su fe que la ayudan a pasar la noche oscura del alma.
“Una vez un hombre de nuestra aldea, Benjamin, volvió
a casa después de un largo viaje con su camión. Era
transportista. Por alguna razón volvió un día
antes de lo previsto, y al llegar a casa encontró a su mujer
con otro hombre en la cama. En un instante por aquel hombre pasaron
todos los posibles estados de ánimo, desde la rabia y la
violencia hasta el deseo de venganza, la tristeza y el ridículo.
En medio de la noche, vino a nuestra casa y nos lo contó
todo. “No quiero hacer lo que sé que tengo que hacer
según nuestra tradición, porque Jesús me ha
enseñado que hay que perdonar”. Así, aguantando
los comentarios de la gente (decían que la mujer le había
embrujado con hierbas, que no era lo suficientemenete hombre, o
que era tonto), públicamente, delante del otro hombre y de
su mujer, la aceptó de nuevo, la perdonó y expresó
públicamente que decidía no ejercer su derecho a vengarse
del otro hombre y a rechazar a su mujer, y quería asegurarse
de que nadie de su familia se tomase la justicia por su mano en
su nombre”.
Durante una incursión entre etnias, un grupo de hombres entraron
violentamente en una aldea enemiga. Normalmente roban, destruyen
algunas casas, pero no hieren a nadie. En esta ocasión, en
cambio, mataron incluso a algunas mujeres y niños, con lo
que ésto supuso de tragedia, rabia, venganza y sufrimiento.
Coincidió con un tiempo de hambruna en la zona. “Habíamos
pedido dinero a un grupo de cristianos de Europa para ayudar a esa
situación”. A la hermana Esperanza se le ocurrió
la locura (aún se pregunta cómo se atrevió
a proponerlo) de que las jóvenes Borana fueran a las aldeas
Rendiles a repartir la ayuda, y al revés. Las niñas
de su aldea, de apenas 15 años de edad pero maduras como
sólo la mujer africana puede serlo tan tempranamente, la
miraron con cara de asombro. “Sister, ¿usted se da
cuenta de lo que nos está pidiendo?”. Ella le quitó
importancia. “Es sólo una propuesta, y como tal la
podéis rechazar”. Ellas no contestaron nada por el
momento, aceptaron pensarlo durante unos días, y hablarlo
con el consejo de ancianos del poblado.
Al poco tiempo se presentaron a las hermanas y las dijeron: “Hemos
decidido aceptar este reto y sin nuestros mayores nos preguntan
porqué lo hacemos les hablaremos de ese Jesús que
dice que hay que perdonar incluso a los enemigos”. Las religiosas
no podían dar crédito a lo que estaban oyendo. ¿Serían
acaso ellas mismas capaces de hacer lo mismo con los hipotéticos
asesinos de su padre, hermana o amiga? Esperanza empezó a
darse cuenta entonces de lo poderosa que puede llegar a ser la palabra
de Dios aceptada en un corazón limpio.
En otra ocasión fueron invitadas a tomar un té en
casa de una familia. Por la manera de actuar del hombre, se dieron
cuenta de la situación de maltrato psicológico al
que era sometida aquella mujer en su casa, pues apenas podía
mover un dedo sin el permiso de su marido, cosa que en absoluto
es normal en las tradiciones de algunos pueblos africanos. Al cabo
de un rato, el hombre hizo una declaración delante de todos
que dejó boquiabiertas a las hermanas: “Durante quince
años he tenido una joya preciosa, pero no la he sabido apreciar,
y la he tenido escondida en un rincón, sin apenas hacerla
caso. A partir de hoy quiero que esa joya sepa que la aprecio como
tal”. Lo curioso de la situación es que aquella mujer,
después de sufrir durante años la indiferencia de
su marido, aún no se lo creía y seguía en posición
de autodefensa, que le ponía más difícil a
él mantener su decisión (por críticas de su
entorno).
El
sello del comercio justo
El sello de “comercio justo” es una iniciativa que pretende
ayudar al consumidor a elegir mejor sus compras desde el punto de
vista ético. En otras palabras, el sello viene a certificar
que lo que compramos se ha fabricado o producido respetando unos criterios:
retribución justa, sostenibilidad medioambiental y derechos
humanos y laborales. El organismo responsable es el Fairtrade Labelling
Organisations International (FLO) creado en 1997, que tiene en España
como miembro a la Asociación del Sello de Comercio Justo. Hasta
el momento este sello sólo se aplica en nuestro país
a una reducida lista de productos proceden de países subdesarrollados:
el cacao, el café, el azucar y el té principalmente.
En otros países también se aplica al arroz, la miel,
el vino, frutos desecados y secos, fruta en general, especias, flores,
algodón e incluso balones de fútbol. En cada provincia
y ciudad existen diferentes centros comerciales o tiendas que se adhieren
a la red y venden este tipo de productos, que suelen ser un poco más
caros que los otros, pero ¿acaso no merece la pena?
Para más información pueden consultar las siguientes
webs:
http://www.fairtrade.net
http://www.sellocomerciojusto.org
©
2007 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado
12 Junio, 2007
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