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PERFILES
Sebastián Nuez
Nacido
el 29 de enero de 1955, Sebastián se cría en el capitalino
barrio de San José. Es el pequeño de tres hermanos,
su hermana le lleva quince años y su hermano diez.
Chano, como es conocido cariñosamente por todos, evoca una
niñez de juegos y cariño. Nuestro querido Pepe Monagas
era vecino suyo. Uno de los juegos preferidos por los chiquillos
del barrio era agarrarse a la barra de los camiones que subían
por las empinadas cuestas del barrio con materiales de construcción.
Una de esas lúdicas tardes el pequeño Chano con sólo
ocho años se fue a agarrar a la barra del camión de
Dominguito, que transportaba picón. Calculó mal y
en lugar de agarrarse al hierro se agarro a la carga, cayendo bajo
las ruedas del camión. “Tuve mucha suerte, me podía
haber matado. El camión me paso por encima de la pierna y
me la destrozó”. Sus vecinos lo recogieron y lo llevaron
a la Casa de Socorro. “Allí, mientras me entraban con
la pierna destrozada sentí cómo se me caía
la zapatilla y comencé a gritar, “¡la alpargata,
la alpargata!, ¡que mi madre me mata!”. De ahí
le llevaron al único hospital que existía por entonces
en la isla, el de San Martín en la calle San Jesús,
Portadilla de San José, donde pasó el pequeño
Chano casi un año, con la pierna colgada en alto y un saco
haciendo de contrapeso.
De esa época Chano no quiere olvidar a Eugenito, enfermero
del hospital y vecino suyo. “Pude salvar la pierna gracias
a Dios, a los médicos y a Eugenito, que tan bien se portó
conmigo. En realidad todos se portaron bien”.
Conocer a Chano es descubrir su bondad y su gratitud. “Quiero
agradecer desde aquí a las personas que han pasado por mi
vida y que me han hecho bien”. Con un cariño entrañable,
que se refleja en sus ojos, me habla de su profesor de sexto en
el colegio nacional Carlos Navarro, de don Aurelio, del director
del centro don Arturo, de Pepito el encargado de su primer trabajo
en los almacenes el Kilo y Medio en la calle Travieso, que tanto
le enseño cuando empezó a trabajar con 14 años,
de don Alberto Cabré (padre) en sus comienzos en Publicidad
Atlantis, empresa donde comenzó a trabajar de botones con
16 años, llevando publicidad por todos los cines de Las Palmas,
de don Enrique Espinosa, su jefe en esta misma empresa, que confió
en él y le puso a cobrar los recibos de limpieza y mantenimiento
de los letreros publicitarios y que después le ascendió
a ordenanza, y así un largo etcétera. Esto nos puede
dar una idea del espíritu bondadoso que envuelve a Chano.
No sé si seré capaz de transmitirlo fielmente en esta
breve semblanza.
Durante sus múltiples trabajos parece ser que fue dejando
un rastro de agradecimiento. Trabajaba en la discoteca “La
Cacatúa”, primero de freganchín, después
camarero y ayudante de barra, cuando la cruel enfermedad mental
apareció en su vida. “En este tiempo caí enfermo,
comenzaron las alucinaciones, comencé a oír la música
de una manera extraña, escuchaba cosas raras… No sé
cómo explicarlo. Me diagnosticaron una esquizofrenia. En
la empresa se portaron muy bien conmigo, me dieron una indemnización,
pero tuve que dejarlo”.
Durante su época de juventud sana recuerda sus años
de moceo. Declara haber sido un hombre afortunado en amores. “Las
chicas con las que salí eran serias y buenas”. Su rostro
adquiere un semblante entre serio y nostálgico. “Por
favor, quiero que cuentes cómo nos enamoramos mi mujer y
yo; fue lo más bonito que me ha pasado”, afirma.
Estamos en la sala de fiestas Iberia, donde acuden los jóvenes
el fin de semana. Toca el “Grupo Vida”, uno de cuyos
componentes lleva a su hermana pequeña, de apenas 15 años,
a la que cuida (eran huérfanos de padre y él asume
ese rol). Chano conoce allí a Lili. “Desde el primer
momento que nos miramos surgió el flechazo, y yo comencé
a seguir al Grupo. Sólo nos mirábamos, no nos atrevíamos
a hablar. Un domingo, mientras paseaba con unos amigos por el parque
Zoológico, delante de la piscina de las tortugas, me la encontré.
Me dio tal alegría en el corazón que le gaste una
broma (hoy no recuerdo cuál) y ella me preguntó qué
me pasaba. Fueron las primeras palabras que la escuché”.
A la madre de Lili, que en esos momentos vivía en Guanarteme,
le dieron casa en el Polígono de San Cristóbal, en
San José. “La ventana de su habitación daba
a la plaza donde yo solía estar con mis amigos y así
seguimos, con las miradas, hasta que en una verbena en la plaza
de la iglesia de Hoya de la Plata la invité a bailar. Ella
aceptó. A partir de ese momento comencé a levantarme
a las 5 de la mañana para acompañarla a la fábrica
de la Favorita, donde ella trabajaba, y después iba hasta
Mesa y López, a las oficinas de Publicidad Atlantis”.
A Chano le brillan los ojos: “Su familia me quería
mucho, y yo a ellos; eran personas muy buenas”.
Y así, de esta manera tan bonita, surgió el amor,
y contrajeron matrimonio en la parroquia de San José, ella
con 18 años y él con 21 y toda una vida por delante.
Nació el primer niño, Yeray, en el 77, colmando la
felicidad de la pareja, y dos años más tarde Arminda.
La tragedia de la enfermedad mental se cernía ya sobre ellos.
“Cuando la niña cumplió seis meses tuve el primer
brote de la enfermedad” comenta Chano con una tristeza que
hasta duele. ”Comencé a tener alucinaciones diabólicas.
Era como si en mi mente tuviera un rollo de película de cine
que se rompe de repente, pasaban las imágenes a gran velocidad”.
Es el punto de partida de la tragedia, el dolor, la desesperanza,
la lucha y la soledad de las familias que sufren en su seno la enfermedad
mental. Al mismo tiempo la niña enferma. “Los médicos
dicen que no tiene solución, que la niña se nos muere.
Mi mujer, que es muy luchadora, me dejó al cuidado de mi
madre y se fue con la niña a Barcelona sola y sin dinero,
a la clínica de San Juan de Dios. Allí le dijeron
que sería un milagro si la niña se salvaba”.
El milagro ocurrió y la niña se salvó. Hoy
es madre de otra niña.
“Esta enfermedad es muy cruel y muy dura, siempre lo ha sido,
pero en esa primera época fue extremadamente cruel. No sabía
qué pasaba, mi mujer luchó hasta que no pudo más.
Cuando me daban las crisis me apartaba por temor y cuando se pasaban
regresaba, y ella siempre me perdonaba, me recibía, me cuidaba.
Se convirtió de repente en otra madre. Comenzó a peregrinar
por los médicos psiquiatras pidiendo ayuda, hasta que la
trabajadora del Centro de Salud Mental de Las Remudas le habló
del Hno. Jesús, y me encaminó hacia él. Ya
en esa época era muy difícil la convivencia. Llegué
a la entrevista con el Hno. Jesús y esto fue otro flechazo”.
Ahora regresa a su cara la sonrisa que siempre le acompaña
y que había perdido mientras recordaba. “Después
de muchas vicisitudes encontré mi sitio en esta Casa”
a la que llegó Chano el 30 de junio de 1998. “Hoy doy
gracias a Dios y a la Obra Social porque la enfermedad ha ido mejorando,
y hoy puedo ayudar a otros compañeros que me necesitan, haciéndome
sentir útil y feliz, a pesar de los malos momentos que paso
por causa de esta enfermedad; me considero un hombre afortunado”.
¿Quien de nosotros, si perdiéramos todo como él
lo perdió, y estuviésemos en las mismas circunstancias,
seríamos capaces de considerarnos personas afortunadas?.
©
2007 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado
12 Junio, 2007
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