Número 31 - Junio 2007 - Sección: Letras dispersas- Especial Ampliación
 
 

Saulo Pérez Gil
Psiquiatra

A los ausentes

Quiero dedicar estas letras dispersas a un amigo que nos ha dejado hace unos meses: Luis Pastor. Un hombre contracorriente. Empecé a escribir estas letras pocas horas después de volver de su despedida en el tanatorio. Me llegaron recuerdos de la adolescencia tardía. Aquel grupo de jóvenes que acudía a su casa a pasar largas veladas hasta el amanecer, llenas de risas, juegos, diálogos. Jesús, Javier, Oswaldo, MĒ Carmen, Mapi, Lala, Berta y Marivy (con quien tanto quería...), espero no olvidar a nadie. Veladas que quedan ya muy lejanas. La última fue hace unos dos años. La vida te come el tiempo de manera que tienes que distribuir de forma minuciosa el poco disponible que te va quedando. En aquellos tiempos empezábamos nuestras vidas, no sabíamos qué iba a ser, no sabíamos cómo era esto de vivir: Luis nos llevaba apenas unos pocos años y ya tenía algo encaminada su vida. Su esposa MĒ Carmen y poco después su hijo Ignacio.

Recuerdo a Luis como un hombre íntegro, armado de su fe cristiana y sus valores éticos y morales. No quiero hacer un panegírico, pero en este caso es cierto que era un hombre con contenido, con sus posibles contradicciones como muchos, con preocupación por el ser humano, quizás un hombre fuera de su tiempo.

Demasiados valores para los tiempos actuales. Recuerdo su afición al cine, a la literatura, la religión, al fútbol, que ya le aburría soberanamente como a muchos de nosotros. Fue campeón de España con los jesuitas. Por cierto, es curioso que con los buenos jugadores que hubo en los jesuitas, creo, ninguno se dedicó al fútbol. Aceptar la pérdida de seres queridos debía ser algo que nos enseñaran a lo largo de nuestra formación humana. Cada vez es más frecuente encontrar a personas que se quedan paralizadas y sin ganas de vivir tras la pérdida de algún ser querido. Se produce una reacción contra la vida, contra la humanidad y contra Dios culpando a todos ellos de la pérdida de ese ser querido. El camino debe continuar. La no aceptación de hechos sobrevenidos es una enorme fuente de insatisfacción. Se recuerda a los ausentes (no pongo mi lista porque no hay suficiente espacio) casi toda la vida pero con el paso del tiempo ya no produce ese intenso dolor que te lacera en los primeros momentos; luego aceptas esa realidad y entiendes que la vida ha sido así. Es una pérdida de tiempo el pensar “por qué a mí”. Simplemente ha ocurrido así.

Ojalá, Luis, fuera cierto todo aquello en lo que creías. Siento que tu marcha supone el fin de una época, el fin de un capítulo de la vida. Todas aquellas incógnitas acerca de lo que iba a suceder ya ha ocurrido; queda más por pasar, pero ya las espaldas están anchas para soportar lo que venga. Y para disfrutar muchas cosas de la vida. Como decía Borges, a quien Ignacio conoce a fondo por su tesis doctoral, seguirás existiendo mientras pensemos en ti. Un abrazo.



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Actualizado 12 Junio, 2007

 
 
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