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| Saulo
Pérez Gil
Psiquiatra
A los ausentes
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Quiero
dedicar estas letras dispersas a un amigo que nos ha dejado hace
unos meses: Luis Pastor. Un hombre contracorriente. Empecé
a escribir estas letras pocas horas después de volver de
su despedida en el tanatorio. Me llegaron recuerdos de la adolescencia
tardía. Aquel grupo de jóvenes que acudía a
su casa a pasar largas veladas hasta el amanecer, llenas de risas,
juegos, diálogos. Jesús, Javier, Oswaldo, MĒ Carmen,
Mapi, Lala, Berta y Marivy (con quien tanto quería...), espero
no olvidar a nadie. Veladas que quedan ya muy lejanas. La última
fue hace unos dos años. La vida te come el tiempo de manera
que tienes que distribuir de forma minuciosa el poco disponible
que te va quedando. En aquellos tiempos empezábamos nuestras
vidas, no sabíamos qué iba a ser, no sabíamos
cómo era esto de vivir: Luis nos llevaba apenas unos pocos
años y ya tenía algo encaminada su vida. Su esposa
MĒ Carmen y poco después su hijo Ignacio.
Recuerdo a Luis como un hombre íntegro, armado de su fe cristiana
y sus valores éticos y morales. No quiero hacer un panegírico,
pero en este caso es cierto que era un hombre con contenido, con
sus posibles contradicciones como muchos, con preocupación
por el ser humano, quizás un hombre fuera de su tiempo.
Demasiados valores para los tiempos actuales. Recuerdo su afición
al cine, a la literatura, la religión, al fútbol,
que ya le aburría soberanamente como a muchos de nosotros.
Fue campeón de España con los jesuitas. Por cierto,
es curioso que con los buenos jugadores que hubo en los jesuitas,
creo, ninguno se dedicó al fútbol. Aceptar la pérdida
de seres queridos debía ser algo que nos enseñaran
a lo largo de nuestra formación humana. Cada vez es más
frecuente encontrar a personas que se quedan paralizadas y sin ganas
de vivir tras la pérdida de algún ser querido. Se
produce una reacción contra la vida, contra la humanidad
y contra Dios culpando a todos ellos de la pérdida de ese
ser querido. El camino debe continuar. La no aceptación de
hechos sobrevenidos es una enorme fuente de insatisfacción.
Se recuerda a los ausentes (no pongo mi lista porque no hay suficiente
espacio) casi toda la vida pero con el paso del tiempo ya no produce
ese intenso dolor que te lacera en los primeros momentos; luego
aceptas esa realidad y entiendes que la vida ha sido así.
Es una pérdida de tiempo el pensar “por qué
a mí”. Simplemente ha ocurrido así.
Ojalá, Luis, fuera cierto todo aquello en lo que creías.
Siento que tu marcha supone el fin de una época, el fin de
un capítulo de la vida. Todas aquellas incógnitas
acerca de lo que iba a suceder ya ha ocurrido; queda más
por pasar, pero ya las espaldas están anchas para soportar
lo que venga. Y para disfrutar muchas cosas de la vida. Como decía
Borges, a quien Ignacio conoce a fondo por su tesis doctoral, seguirás
existiendo mientras pensemos en ti. Un abrazo.
©
2007 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado
12 Junio, 2007
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