Número 31 - Junio 2007 - Sección: Laberintos... - Especial Ampliación
 
 
Gabriel A. Sciume
Psicólogo

Aprender a perder

Por lo general, cuando escuchamos la palabra “duelo” la asociamos a la muerte de alguna persona. En esa situación, aquellos que “están de duelo” son los allegados al difunto que sufren por su muerte y lamentan su pérdida. Y se entiende que el duelo no es un momento sino todo un proceso que comienza con la desaparición física del ser querido -aunque el duelo puede empezar antes- y cuya duración es variable, dependiendo de multitud de factores. El final del duelo puede adoptar formas muy diferentes pero más o menos se lo asocia con cierta “superación” de la pérdida si bien, recalco, cada caso es diferente y eso impide hacer una regla que indique qué se debe hacer para llevar a buen puerto un duelo, y cuál sería ese buen puerto.

Y ¿qué le pasa a alguien que está de duelo? Frecuentemente no se puede concentrar o pierde interés en actividades hasta ese momento placenteras y cotidianas, se lo nota ensimismado y aislado del medio social. Tiende a preferir la soledad a la compañía y permanece cabizbajo, triste, desganado (de aquí a que se confunda frecuentemente el duelo con la depresión como cuadro psicopatológico), en fin, pensativo. Y ¿en qué piensa? En lo que perdió. La aceptación “psíquica” de esa muerte no es inmediata, como lo ha sido la muerte real, sino que lleva tiempo y debe hacerse poco a poco. Una y otra vez recordará hechos y escenas en donde aquello que perdió está presente: volverá a revivir momentos tiernos o momentos tristes, se culpará por no haber dicho esto, por no haber hecho aquello, y hasta se sorprenderá esbozando una sonrisa recordando alguna broma vivida con el que ya no está. El duelo es un arduo trabajo psíquico. Y, paradójicamente, mientras dure el trabajo de duelo el difunto seguirá viviendo en los recuerdos del “enlutado”.

Sin embargo, no estamos acostumbrados a considerar al duelo como una experiencia de pérdida mucho más amplia, y nos olvidamos que una persona puede perder cosas mucho más abstractas que un ser querido. Un ferviente político puede darse cuenta que todas aquellas convicciones por las cuales luchó durante gran parte de su vida son una farsa y sentirse francamente muy mal, en cuyo caso diremos que perdió un ideal; a otro le puede pasar lo propio con sus creencias religiosas, o con alguna asociación a la cual pertenecía y a la cual estimaba. Se puede perder algo material, como una posición económica o un cierto status social o también se puede perder una amistad, un amor, una ilusión, sin que medie la desaparición física de nadie y, aun así, habrá duelo. Recuerdo un hombre cuyo máximo objetivo en la vida había sido mantener a la familia unida, cueste lo que cueste, y fue feliz mientras pudo llevarlo a cabo. Pero al crecer los hijos se fue haciendo patente que aquellos no le daban el mismo valor a la unión familiar, y entró en una “depresión” mientras era testigo impotente del desmembramiento. En realidad había entrado no tanto en una depresión sino en un duelo, pues había perdido aquello que más valoraba y que le había dado un sentido a su vida.

Ampliar de esta forma nuestra noción de pérdida y del duelo que conlleva nos permite analizar mejor el valor que nuestra cultura les da y el lugar que les asigna.
Vivimos inmersos en la cultura del ganar, del acumular, donde la felicidad y el éxito aparecen asociados a la obtención de algún bien material o, incluso espiritual. Nuestra sociedad nos dice cómo ganar, pero no nos enseña a perder.

Haga la prueba y busque un curso del tipo “Ud. puede aprender a perder -no a ganar- en tres meses”: no encontrará centro académico que lo imparta. Esto no deja de ser una ironía si nos detenemos en el hecho de que en la vida nos la pasamos perdiendo cosas desde el mismo momento en que nacemos: perdemos, primero, la tan mentada seguridad del vientre materno; durante la infancia, el niño va perdiendo paulatinamente parte de su libertad mientras la educación va haciendo su lento trabajo de transformación del “cachorro humano” en “ciudadano civilizado”; en la adolescencia perdemos a esos padres “omnipotentes y maravillosos” de la niñez, y con el pasar del tiempo perderemos ilusiones, esperanzas, amores, dinero, bienes materiales, etc. Por cada cosa que elegimos hay otras muchas a las que, a regañadientes, renunciamos. Cada elección, por definición y sin importar lo pequeña que sea, genera una pérdida, y con los años no acumulamos bienes -ideal de la sociedad de consumo-: más bien sumamos pérdidas. Los psicólogos estamos acostumbrados a escuchar detrás de la depresión, las adicciones, el abuso de psicofármacos, etc., los ecos de estas pérdidas que han quedado ahí, como detenidas, que generan malestar y frustración por no haber tenido una tramitación adecuada. ¿Y cuál sería esa tramitación? No busquemos la respuesta en nuestra sociedad porque a ella le horrorizan las pérdidas, hace todo lo posible por evitarlas y, como en última instancia son inevitables, las niega o las enmascara.

A mi abuelo lo velaron en el salón de su propia casa; hace de esto treinta años. Había muerto también en su casa, de un ataque al corazón según certificó el médico de la ambulancia que llegó –tarde, demasiado tarde– a su domicilio. Toda la familia vivía en esa casa, pues murió joven, y cuando el velatorio hubo terminado, los sillones volvieron a su lugar y ese mismo salón recibió a las visitas de negro que, tarde a tarde, entre el aroma del café y el sabor del anís, consolaban las lágrimas de mi abuela, las de mis tíos y las de mi padre.

Después de un tiempo, en aquel salón se volvió a escuchar música en un ahora vetusto tocadiscos y se volvió a encender un televisor en blanco y negro, grande y aparatoso. Supongo que esta forma de tratamiento de la muerte no les será ajena, pero sí lejana. Hoy a la muerte se la recibe de otra manera, lo más fuera de casa posible. El moribundo suele estar en una sala azulejada o pulcramente pintada, rodeado de aparatos y tuberías asépticas y bastante drogado. Si la muerte está próxima, drogados también estarán los que lo visiten: tranquilizantes, todos los que sean necesarios, para la esposa o esposo y los hijos. Luego del fatal desenlace la escena se traslada al tanatorio donde, después de buscar en la lista la sala asignada, saludamos a los deudos –si los encontramos– y nos vamos acompañados, a veces, de una sensación de incómoda falsedad. No creo que nosotros seamos los falsos, creo que cierta artificialidad contribuye a la falsedad del conjunto. La cultura actual le da la espalda a la muerte y a cualquier otra forma de pérdida. Troca la intimidad familiar por escenarios públicos, profesionales y anónimos, anestesia a los actores de su drama como si el objetivo último fuera que tanto el moribundo como los sufrientes no sean conscientes de lo que sucede, no guarden grandes recuerdos de lo acontecido y no piensen en lo que se avecina.

Comparado con los duelos de antaño, nuestra sociedad se muestra pobre a la hora de ofrecer a los deudos herramientas para elaborar la pérdida, porque no hay que olvidar que toda aquella parafernalia de pésames, saludos, rituales, cafés con anís, velos y pañuelos negros, visitas, entierros multitudinarios, epitafios, esquelas, funerales, misas, responsos y demás hierbas tenían entre sus virtudes la de actuar como certificación social de la muerte: afirmación colectiva de que el que ya no está, no está de verdad y no volverá, pese a quien pese. Allí estaban todos, amigos, allegados y vecinos, facilitando la aceptación de la tragedia, abriendo un espacio de rememoración y elaboración indispensables en cualquier duelo, y dispuestos a prestar la oreja todo lo que hiciera falta. Pero aquella compleja red social de signos, símbolos y hechos que sostenían a los deudos a la vez que servían de soporte durante el largo proceso de elaboración psíquica del duelo está hoy bastante maltrecha y aporta más problemas que beneficios: uno no puede estar empastillado, drogado y atontado cuando tiene tanto trabajo -psíquico- por hacer.

Saliendo de la muerte de un ser querido y entrando en el terreno de las pérdidas en general, rápidamente vemos que en nuestra sociedad no hay lugar para el que pierde, porque la pérdida es igual al fracaso. Aquí tampoco hay espacios para elaborar y superar la pérdida porque, según dicen, “hay que ser positivos y olvidar lo malo”... como si fuera tan fácil. Así las cosas, el que perdió su casa es un fracasado; no importa si en su fuero íntimo se siente más libre ya que aquella le suponía un lastre de recuerdos, pesares y malos momentos que lo bloqueaban: la sociedad lo verá como un perdedor, alguien que en vez de tener más, pasa el tiempo y tiene menos.

Pero, como siempre, todo depende del cristal con que se mire. Si nos alejamos de Occidente y observamos las culturas orientales que todavía no han sido totalmente contaminadas por el capitalismo, notaremos que tienen otra relación con las pérdidas, mucho más amena, mejor integrada en los ciclos naturales de la vida. Para ellos forman parte necesaria de la existencia –subrayando lo de “necesaria”– y no ven motivo para esconderlas porque no se asocian al fracaso. Incluso las fomentan, hacen de la pérdida un camino hacia la libertad: estar mejor, “enriquecerse”, no es tener todos los días un poco más, sino despojarse casi de todo. A nosotros, en cambio, perder nos provoca dolor, frustración... y hasta vergüenza. La lógica de nuestra sociedad de consumo es la plusvalía, la ganancia, la acumulación, no la pérdida. Pero no hay que confundir las leyes del mercado con las leyes de la vida: a menudo la vida es más cosa de perder que de ganar. Parece, entonces, que para mejor vivir, se impone aprender a perder.



© 2007 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado 12 Junio, 2007

 
 
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