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Gabriel
A. Sciume
Psicólogo
Aprender
a perder
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Por
lo general, cuando escuchamos la palabra “duelo” la
asociamos a la muerte de alguna persona. En esa situación,
aquellos que “están de duelo” son los allegados
al difunto que sufren por su muerte y lamentan su pérdida.
Y se entiende que el duelo no es un momento sino todo un proceso
que comienza con la desaparición física del ser querido
-aunque el duelo puede empezar antes- y cuya duración es
variable, dependiendo de multitud de factores. El final del duelo
puede adoptar formas muy diferentes pero más o menos se lo
asocia con cierta “superación” de la pérdida
si bien, recalco, cada caso es diferente y eso impide hacer una
regla que indique qué se debe hacer para llevar a buen puerto
un duelo, y cuál sería ese buen puerto.
Y
¿qué le pasa a alguien que está de duelo? Frecuentemente
no se puede concentrar o pierde interés en actividades hasta
ese momento placenteras y cotidianas, se lo nota ensimismado y aislado
del medio social. Tiende a preferir la soledad a la compañía
y permanece cabizbajo, triste, desganado (de aquí a que se
confunda frecuentemente el duelo con la depresión como cuadro
psicopatológico), en fin, pensativo. Y ¿en qué
piensa? En lo que perdió. La aceptación “psíquica”
de esa muerte no es inmediata, como lo ha sido la muerte real, sino
que lleva tiempo y debe hacerse poco a poco. Una y otra vez recordará
hechos y escenas en donde aquello que perdió está
presente: volverá a revivir momentos tiernos o momentos tristes,
se culpará por no haber dicho esto, por no haber hecho aquello,
y hasta se sorprenderá esbozando una sonrisa recordando alguna
broma vivida con el que ya no está. El duelo es un arduo
trabajo psíquico. Y, paradójicamente, mientras dure
el trabajo de duelo el difunto seguirá viviendo en los recuerdos
del “enlutado”.
Sin embargo, no estamos acostumbrados a considerar al duelo como
una experiencia de pérdida mucho más amplia, y nos
olvidamos que una persona puede perder cosas mucho más abstractas
que un ser querido. Un ferviente político puede darse cuenta
que todas aquellas convicciones por las cuales luchó durante
gran parte de su vida son una farsa y sentirse francamente muy mal,
en cuyo caso diremos que perdió un ideal; a otro le puede
pasar lo propio con sus creencias religiosas, o con alguna asociación
a la cual pertenecía y a la cual estimaba. Se puede perder
algo material, como una posición económica o un cierto
status social o también se puede perder una amistad, un amor,
una ilusión, sin que medie la desaparición física
de nadie y, aun así, habrá duelo. Recuerdo un hombre
cuyo máximo objetivo en la vida había sido mantener
a la familia unida, cueste lo que cueste, y fue feliz mientras pudo
llevarlo a cabo. Pero al crecer los hijos se fue haciendo patente
que aquellos no le daban el mismo valor a la unión familiar,
y entró en una “depresión” mientras era
testigo impotente del desmembramiento. En realidad había
entrado no tanto en una depresión sino en un duelo, pues
había perdido aquello que más valoraba y que le había
dado un sentido a su vida.
Ampliar de esta forma nuestra noción de pérdida y
del duelo que conlleva nos permite analizar mejor el valor que nuestra
cultura les da y el lugar que les asigna.
Vivimos inmersos en la cultura del ganar, del acumular, donde la
felicidad y el éxito aparecen asociados a la obtención
de algún bien material o, incluso espiritual. Nuestra sociedad
nos dice cómo ganar, pero no nos enseña a perder.
Haga la prueba y busque un curso del tipo “Ud. puede aprender
a perder -no a ganar- en tres meses”: no encontrará
centro académico que lo imparta. Esto no deja de ser una
ironía si nos detenemos en el hecho de que en la vida nos
la pasamos perdiendo cosas desde el mismo momento en que nacemos:
perdemos, primero, la tan mentada seguridad del vientre materno;
durante la infancia, el niño va perdiendo paulatinamente
parte de su libertad mientras la educación va haciendo su
lento trabajo de transformación del “cachorro humano”
en “ciudadano civilizado”; en la adolescencia perdemos
a esos padres “omnipotentes y maravillosos” de la niñez,
y con el pasar del tiempo perderemos ilusiones, esperanzas, amores,
dinero, bienes materiales, etc. Por cada cosa que elegimos hay otras
muchas a las que, a regañadientes, renunciamos. Cada elección,
por definición y sin importar lo pequeña que sea,
genera una pérdida, y con los años no acumulamos bienes
-ideal de la sociedad de consumo-: más bien sumamos pérdidas.
Los psicólogos estamos acostumbrados a escuchar detrás
de la depresión, las adicciones, el abuso de psicofármacos,
etc., los ecos de estas pérdidas que han quedado ahí,
como detenidas, que generan malestar y frustración por no
haber tenido una tramitación adecuada. ¿Y cuál
sería esa tramitación? No busquemos la respuesta en
nuestra sociedad porque a ella le horrorizan las pérdidas,
hace todo lo posible por evitarlas y, como en última instancia
son inevitables, las niega o las enmascara.
A mi abuelo lo velaron en el salón de su propia casa; hace
de esto treinta años. Había muerto también
en su casa, de un ataque al corazón según certificó
el médico de la ambulancia que llegó –tarde,
demasiado tarde– a su domicilio. Toda la familia vivía
en esa casa, pues murió joven, y cuando el velatorio hubo
terminado, los sillones volvieron a su lugar y ese mismo salón
recibió a las visitas de negro que, tarde a tarde, entre
el aroma del café y el sabor del anís, consolaban
las lágrimas de mi abuela, las de mis tíos y las de
mi padre.
Después de un tiempo, en aquel salón se volvió
a escuchar música en un ahora vetusto tocadiscos y se volvió
a encender un televisor en blanco y negro, grande y aparatoso. Supongo
que esta forma de tratamiento de la muerte no les será ajena,
pero sí lejana. Hoy a la muerte se la recibe de otra manera,
lo más fuera de casa posible. El moribundo suele estar en
una sala azulejada o pulcramente pintada, rodeado de aparatos y
tuberías asépticas y bastante drogado. Si la muerte
está próxima, drogados también estarán
los que lo visiten: tranquilizantes, todos los que sean necesarios,
para la esposa o esposo y los hijos. Luego del fatal desenlace la
escena se traslada al tanatorio donde, después de buscar
en la lista la sala asignada, saludamos a los deudos –si los
encontramos– y nos vamos acompañados, a veces, de una
sensación de incómoda falsedad. No creo que nosotros
seamos los falsos, creo que cierta artificialidad contribuye a la
falsedad del conjunto. La cultura actual le da la espalda a la muerte
y a cualquier otra forma de pérdida. Troca la intimidad familiar
por escenarios públicos, profesionales y anónimos,
anestesia a los actores de su drama como si el objetivo último
fuera que tanto el moribundo como los sufrientes no sean conscientes
de lo que sucede, no guarden grandes recuerdos de lo acontecido
y no piensen en lo que se avecina.
Comparado con los duelos de antaño, nuestra sociedad se muestra
pobre a la hora de ofrecer a los deudos herramientas para elaborar
la pérdida, porque no hay que olvidar que toda aquella parafernalia
de pésames, saludos, rituales, cafés con anís,
velos y pañuelos negros, visitas, entierros multitudinarios,
epitafios, esquelas, funerales, misas, responsos y demás
hierbas tenían entre sus virtudes la de actuar como certificación
social de la muerte: afirmación colectiva de que el que ya
no está, no está de verdad y no volverá, pese
a quien pese. Allí estaban todos, amigos, allegados y vecinos,
facilitando la aceptación de la tragedia, abriendo un espacio
de rememoración y elaboración indispensables en cualquier
duelo, y dispuestos a prestar la oreja todo lo que hiciera falta.
Pero aquella compleja red social de signos, símbolos y hechos
que sostenían a los deudos a la vez que servían de
soporte durante el largo proceso de elaboración psíquica
del duelo está hoy bastante maltrecha y aporta más
problemas que beneficios: uno no puede estar empastillado, drogado
y atontado cuando tiene tanto trabajo -psíquico- por hacer.
Saliendo de la muerte de un ser querido y entrando en el terreno
de las pérdidas en general, rápidamente vemos que
en nuestra sociedad no hay lugar para el que pierde, porque la pérdida
es igual al fracaso. Aquí tampoco hay espacios para elaborar
y superar la pérdida porque, según dicen, “hay
que ser positivos y olvidar lo malo”... como si fuera tan
fácil. Así las cosas, el que perdió su casa
es un fracasado; no importa si en su fuero íntimo se siente
más libre ya que aquella le suponía un lastre de recuerdos,
pesares y malos momentos que lo bloqueaban: la sociedad lo verá
como un perdedor, alguien que en vez de tener más, pasa el
tiempo y tiene menos.
Pero, como siempre, todo depende del cristal con que se mire. Si
nos alejamos de Occidente y observamos las culturas orientales que
todavía no han sido totalmente contaminadas por el capitalismo,
notaremos que tienen otra relación con las pérdidas,
mucho más amena, mejor integrada en los ciclos naturales
de la vida. Para ellos forman parte necesaria de la existencia –subrayando
lo de “necesaria”– y no ven motivo para esconderlas
porque no se asocian al fracaso. Incluso las fomentan, hacen de
la pérdida un camino hacia la libertad: estar mejor, “enriquecerse”,
no es tener todos los días un poco más, sino despojarse
casi de todo. A nosotros, en cambio, perder nos provoca dolor, frustración...
y hasta vergüenza. La lógica de nuestra sociedad de
consumo es la plusvalía, la ganancia, la acumulación,
no la pérdida. Pero no hay que confundir las leyes del mercado
con las leyes de la vida: a menudo la vida es más cosa de
perder que de ganar. Parece, entonces, que para mejor vivir, se
impone aprender a perder.
©
2007 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado
12 Junio, 2007
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