Número 21 - Diciembre 2004 - Sección: Perfiles
 
 

Juan Sánchez Rossi

Por Doris Benítez

Retrato de Juan Sánchez Rossi

Hombre tranquilo, trabajador, de rostro amable, reservado y poco hablador. En el taller de marquetería, donde acude cada mañana, suele escuchar a los compañeros que se enredan en distintos temas de conversación, mientras decora alguna de las piezas artesanales que allí se realizan. Llegado el momento oportuno, Juan Rossi saca esa ocurrencia graciosa, propia de la gente de Cádiz, que hace que la conversación termine entre risas, a veces ruidosas, y le confiere al taller un ambiente alegre y distendido.
Nace en Barbate el 7 de junio de 1944, cuarto de diez hermanos. Crece en una familia humilde dedicada enteramente a la mar. Al hablar de su niñez se recuerda como un niño juguetón, ruidoso y vivaracho que recibía algunas tortas de su padre por quedarse a jugar en lugar de ayudarle en el campo a recoger leña o piñas secas. Había que llevar algo a casa cuando no se podía salir a la pesca. “Se pasaba mucha hambre” comenta en voz baja mientras hilvana sus recuerdos.

A los 12 años termina su niñez: sale a pescar aunque no tiene la edad, por lo que empieza en embarcaciones pequeñas, “barcos de cerco, en los que se cogían sardinas, boquerones etc”. Al cumplir los 14, edad mínima para tener su cartilla de navegación, se hace a la Mar junto a su padre Diego, que se encargó de enseñarle el arte de la pesca. Juan Rossi define esta vida como de esclavitud “siempre a expensas del tiempo ...y de las patrulleras marroquís” puesto que a Juan, como a otros tantos marineros, le toco vivir la época de los incidentes entre España y Marruecos de los años setenta y noventa. La mayoría recordamos estas noticias que narraban cómo las embarcaciones pesqueras eran detenidas y apresadas por las patrulleras alahuítas en las conflictivas aguas del banco canario-sahariano.

En una de aquellas mañanas, El Trafalgar, barco en el que pescaba Juan se encuentra rodeado de las patrulleras de la Armada Marroquí, siendo apresado en un intento desesperado por no regresar a puerto con el barco y las manos vacías, se adentraron en las conflictivas aguas y junto a otros pesqueros que corrieron su misma suerte fueron llevados al puerto de Casablanca.

Una vez allí, continúa, no recibimos maltrato, pero eso sí, no nos daban nada en absoluto, ni de comer ni de beber, durante el mes que duró nuestra retención en el Puerto. Tuvimos que administrar los víveres y el agua que nos quedaba en el barco; cuando esto se acabó vivimos de lo que se nos hacía llegar del Consulado Español mientras el Cónsul trataba de arreglar nuestra liberación con el gobierno marroquí. Es tremendo el sufrimiento de no saber la suerte que puedes correr. “...Y todo esto solamente para llevar el pan a casa” comenta emocionado Juan. “Al mes de ser apresados fuimos de nuevo escoltados por las patrulleras de la Marina marroquí hasta el estrecho de Gibraltar, para regresar a puerto con la seguridad de que no pudiéramos volver a pescar.

Pero como bien dijo Juan al principio de su historia, la necesidad era mucha, ellos muy pobres y la pesca su único medio de vida. Así que, una y otra vez, se volvían a hacer a la mar; eso sí, con mucha cautela. “Salíamos a pescar como alguien que comete un delito” afirma. “Aprendimos a nadar y a guardar la ropa, cuando en alta mar se divisaban las patrulleras salíamos corriendo y llegábamos al pueblo con las manos vacías, sin nada que llevar a casa”, y la cara de Juan deja ver un gesto de amargura cuando recuerda la sensación de fracaso y la desilusión y desesperanza de las familias que esperaban el fruto de la pesca al ver llegar los barcos vacíos. “Entonces solo cabía esperar que la familia que había quedado en tierra, hubiera podido sacar algo del campo” afirma aún con cierta amargura.

En el año 91 Juan Rossi enferma del alcohol y tiene que abandonar la vida del mar que, a pesar del sufrimiento que le ocasionó, era su medio de vida. Se va primero a su pueblo, donde vive durante un año, trasladándose después a Las Palmas de Gran Canaria. En el 97 Juan Rossi llega a la Obra Social. Tras su recuperación, lleva una vida ejemplar que ya hemos esbozado al principio de este relato. Su perfil es el de un hombre amigo del orden y la limpieza, que disfruta cuidando con esmero las plantas y el medio que le rodea, que transmite espontáneamente esa gracia andaluza que le caracteriza. Y en estos momentos su vida se ha visto enriquecida con la llegada de Colón, el perro ratonero que llegó al taller y fue adoptado por sus asistentes, en especial por Juan Rossi. Entre el perro y él existe una complicidad que hace que se entiendan casi a la perfección.


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Actualizado 7 Abril, 2005

 
 
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Punto de Partida
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Cuestación Navideña
Carta del director
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Ensayo: José Mateo Díaz
¿Derecho a mentir?
Opinión: Domingo Reyes Naranjo
El mentiroso, rehén de sus mentiras
Nuestro taller
 
Actualidad: Educación familiar
Congreso AIFREF - Marzo 2005
Ensayo: Alberto Cabré
Reflexiones sobre ética y práctica publicitarias
Ensayo: Saulo Pérez Gil
Perfil del enfermo mental crónico
Opinión: Francisco de Bethencourt y Manrique de Lara
Mentira y honor
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Estudio de la mentira
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Punto de Mira: J.A. Glez-Dávila
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