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Juan Sánchez Rossi
Por Doris Benítez
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Hombre
tranquilo, trabajador, de rostro amable, reservado y poco hablador.
En el taller de marquetería, donde acude cada mañana,
suele escuchar a los compañeros que se enredan en distintos
temas de conversación, mientras decora alguna de las piezas
artesanales que allí se realizan. Llegado el momento oportuno,
Juan Rossi saca esa ocurrencia graciosa, propia de la gente de Cádiz,
que hace que la conversación termine entre risas, a veces
ruidosas, y le confiere al taller un ambiente alegre y distendido.
Nace en Barbate el 7 de junio de 1944, cuarto de diez hermanos.
Crece en una familia humilde dedicada enteramente a la mar. Al hablar
de su niñez se recuerda como un niño juguetón,
ruidoso y vivaracho que recibía algunas tortas de su padre
por quedarse a jugar en lugar de ayudarle en el campo a recoger
leña o piñas secas. Había que llevar algo a
casa cuando no se podía salir a la pesca. “Se pasaba
mucha hambre” comenta en voz baja mientras hilvana sus recuerdos.
A los 12 años termina su niñez: sale a pescar aunque
no tiene la edad, por lo que empieza en embarcaciones pequeñas,
“barcos de cerco, en los que se cogían sardinas, boquerones
etc”. Al cumplir los 14, edad mínima para tener su
cartilla de navegación, se hace a la Mar junto a su padre
Diego, que se encargó de enseñarle el arte de la pesca.
Juan Rossi define esta vida como de esclavitud “siempre a
expensas del tiempo ...y de las patrulleras marroquís”
puesto que a Juan, como a otros tantos marineros, le toco vivir
la época de los incidentes entre España y Marruecos
de los años setenta y noventa. La mayoría recordamos
estas noticias que narraban cómo las embarcaciones pesqueras
eran detenidas y apresadas por las patrulleras alahuítas
en las conflictivas aguas del banco canario-sahariano.
En una de aquellas mañanas, El Trafalgar, barco en el que
pescaba Juan se encuentra rodeado de las patrulleras de la Armada
Marroquí, siendo apresado en un intento desesperado por no
regresar a puerto con el barco y las manos vacías, se adentraron
en las conflictivas aguas y junto a otros pesqueros que corrieron
su misma suerte fueron llevados al puerto de Casablanca.
Una vez allí, continúa, no recibimos maltrato, pero
eso sí, no nos daban nada en absoluto, ni de comer ni de
beber, durante el mes que duró nuestra retención en
el Puerto. Tuvimos que administrar los víveres y el agua
que nos quedaba en el barco; cuando esto se acabó vivimos
de lo que se nos hacía llegar del Consulado Español
mientras el Cónsul trataba de arreglar nuestra liberación
con el gobierno marroquí. Es tremendo el sufrimiento de no
saber la suerte que puedes correr. “...Y todo esto solamente
para llevar el pan a casa” comenta emocionado Juan. “Al
mes de ser apresados fuimos de nuevo escoltados por las patrulleras
de la Marina marroquí hasta el estrecho de Gibraltar, para
regresar a puerto con la seguridad de que no pudiéramos volver
a pescar.
Pero como bien dijo Juan al principio de su historia, la necesidad
era mucha, ellos muy pobres y la pesca su único medio de
vida. Así que, una y otra vez, se volvían a hacer
a la mar; eso sí, con mucha cautela. “Salíamos
a pescar como alguien que comete un delito” afirma. “Aprendimos
a nadar y a guardar la ropa, cuando en alta mar se divisaban las
patrulleras salíamos corriendo y llegábamos al pueblo
con las manos vacías, sin nada que llevar a casa”,
y la cara de Juan deja ver un gesto de amargura cuando recuerda
la sensación de fracaso y la desilusión y desesperanza
de las familias que esperaban el fruto de la pesca al ver llegar
los barcos vacíos. “Entonces solo cabía esperar
que la familia que había quedado en tierra, hubiera podido
sacar algo del campo” afirma aún con cierta amargura.
En el año 91 Juan Rossi enferma del alcohol y tiene que abandonar
la vida del mar que, a pesar del sufrimiento que le ocasionó,
era su medio de vida. Se va primero a su pueblo, donde vive durante
un año, trasladándose después a Las Palmas
de Gran Canaria. En el 97 Juan Rossi llega a la Obra Social. Tras
su recuperación, lleva una vida ejemplar que ya hemos esbozado
al principio de este relato. Su perfil es el de un hombre amigo
del orden y la limpieza, que disfruta cuidando con esmero las plantas
y el medio que le rodea, que transmite espontáneamente esa
gracia andaluza que le caracteriza. Y en estos momentos su vida
se ha visto enriquecida con la llegada de Colón, el perro
ratonero que llegó al taller y fue adoptado por sus asistentes,
en especial por Juan Rossi. Entre el perro y él existe una
complicidad que hace que se entiendan casi a la perfección.
© 2004 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado
7 Abril, 2005
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