Número 21 - Diciembre 2004 - Sección: Punto de mira
 
 

José Antonio González -Dávila
Periodista

Mentiras impías (que no piadosas)

Jugamos con la contradicción en el titular y la hacemos aposta. De siempre, cuando se quiere justificar la mentira cogida de forma flagrante, se suele recurrir al apelativo de “piadosa”. Claro está, si el asunto no alcanza mayor trascendencia y el engañado es adulto. Si, en otro caso, es una persona menor, se suele utilizar el diminutivo del sustantivo principal que va acorde con la edad o tamaño del engañado/a. Aparece la mentirijilla.

Yendo al grano del asunto que nos ocupa, mantenemos la opinión de que este mundo está instalado en la mentira. Puede convertirse todo en una gran mentira en base a la conjunción de un cúmulo de otras pequeñas que, por cierto, no suelen ser piadosas. Antes bien, al contrario, son bastante impías.

No tenemos sino que pararnos a pensar en las imágenes y modos de vida que nos venden desde los distintos estamentos. Sean éstos políticos, comerciales, mediáticos, etc.

¡Cuántas mentiras no piadosas, es decir, impías, se dicen en el transcurso de una campaña política! Nos venden el oro y el moro... del petróleo; porque el de patera no está bien visto por estos vendedores. Al tiempo, cuando el ciudadano le reclama la mercancía, resulta que la industria no da para tanto. Lo malo es que al paso del periodo interelectoral, el dicho ciudadano se vuelve crédulo, olvidadizo y pica de nuevo en el mismo anzuelo.

Por otra parte, ¿en qué se fundamenta el mundo del comercio de gran consumo? La respuesta es obvia: en la publicidad. Publicidad que, a pesar de todos los códigos éticos que se pongan sobre la mesa de los profesionales, resulta, con más frecuencia de la deseada, engañosa. O se utiliza, sibilinamente, la contrapublicidad. O no tan sibilinamente. Sirva como ejemplo las campañas que se montan contra determinados productos inmersos en una soterrada guerra comercial. Recordamos los tiempos en los que el aceite de oliva era perjudicial para la salud o el pescado azul resultaba peligroso para las enfermedades cardiacas. Después del contraataque científico de los que comercian con los citados productos, resulta que, lejos de ser malos, son hasta recomendables.

Y como guinda de este impío alegato sobre la mentira, nos paramos en el fenómeno mediático. La prensa, la radio y, sobre todo, la televisión se han olvidado, salvo excepciones, de los principios básicos de los medios. Aquello de informar, formar y divertir se ha podido convertir en engañar, deformar y hasta aburrir.

Sobre todo lo primero que hemos citado en esta decepcionante trilogía de invención a vuelatecla. Pensamos que no es difícil llegar a un acuerdo entre el que esto escribe y quien lo lee a la hora de calificar como de mentira el mundo que nos pintan; sobre todo, insisto, en la televisión.

En nombre del derecho que asiste al empresario o programador televisivo de usar el medio con libertad, nos hacen comulgar con ideales tipo grandes hermanos, granjas en las que los más razonables son los animalitos considerados irracionales, o telenovelas que no sirven ni para cultivar el lenguaje.

Nos presentan un mundo y una forma de vida que es una absoluta mentira. Y no lo hacen por piedad, por ocultarnos algo que nos pueda disgustar o hacer daño. Lo hacen por ese afán desmedido que tienen los señores que manipulan el medio en ganar dinero. Un dinero que identifican con el poder; lo cual no deja de ser otra mentira más.

En conclusión, que se acabaron las mentiras piadosas. Las que dicen en la actualidad son todo lo contrario. Son impías. A veces hasta descarnadas. Por concluir con un ejemplo más, parémonos diez minutos ante cualquier pantalla de las de más audiencia y escuchemos el griterío que no respeta la más mínima norma de la ética ni de la estética.
Antes, por poner un caso, se ocultaba el adulterio; ahora se pregona en los púlpitos electrónicos. Y hasta se cobra por ello.

Cabría preguntarse cuánto de verdad hay en esas aberrantes historias. O cuántas impías mentiras nos están contando, abusando, todo hay que decirlo, de los más intelectualmente débiles.


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Actualizado 7 Abril, 2005

 
 
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