Número 21 - Diciembre 2004 - Sección: Opinión
 
 

Francisco de Bethencourt y Manrique de Lara
Abogado

Mentira y honor

En el libro “Del sentimiento trágico de la vida” decía don Miguel de Unamuno que “el sentimiento no transige con términos medios”. Y en otro de sus libros, “Sobre la enseñanza del clasicismo” afirmaba “mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aún a sabiendas que no he de encontrarla mientras viva”.

Vivimos los hombres sujetos a una escala de valores, relavitamente cambiantes. Aún en el tiempo vertiginoso en que vivimos, una serie de esos valores tienden a proclamar su vocación de permanencia, en cuanto que la sociedad debe dotarse de reglas convencionales que encuentran su origen en el Derecho Natural.

Esta persistencia en esa escala de valores que no necesitan demostración alguna se manifiesta en un doble sentido. De una parte, porque la mayoría de los mandatos que el hombre cree encontrar en el Derecho Natural obtienen un fiel reflejo en los códigos penales de todos los tiempos; de otra porque la cultura cristiana ha servido para configurar una significación semejante entre pecado y delito, que ha contribuido a que esos valores pervivan en nuestras sociedades modernas.

De este cúmulo de sentimientos, de actitudes vitales, rotundamente algunos se contraponen. En efecto la mentira constituye una acción despreciable, encaminada a transmitir a otro u otros una apariencia deliberada y conscientemente equivocada de la verdad. Para muchos es propia de la condición humana. San Pablo decía “Dios es verdad y sin embargo todo hombre es mentiroso”. Habrá que convenir cierta exageración en la afirmación, pues existen mentiras intrascendentes, piadosas, que deben ser juzgadas de forma indulgente.

Un político español ya desaparecido solía afirmar que cuanto se dice en las campañas electorales excede de la obligación de cumplimiento de quienes lo proclaman. Una reflexión ciertamente desalentadora e inquietante, pues esa mentira, la que recaba a cambio una actitud, la que busca torcer el imperio de la libertad, debe reprobarse por su oposición radical a la verdad; claro que, ante estas actitudes viene a la memoria la ocurrente frase de Noel Clarasó, “un político es aquel que dice representar la opinión del pueblo sin habérsela preguntado nunca”. Y habrá que concederle cierto crédito a Montesquieu cuando afirmaba “verdad en una época error en otra”, pues queda dicho que, relativamente al menos, los valores cambian con el tiempo, aunque esencialmente las razones por las que rechazamos la mentira como actitud perversa poca alteración admiten.

En la orilla opuesta, el sentimiento más noble que adornar pueda el alma humana y que nuestra propia Constitución garantiza en su artículo 18 como derecho fundamental de la persona. Constituye así el honor una facultad connatural en su naturaleza, en la esencia individual, indiscutible y reconocida a todos sin excepción.

Pese a esta proclamación garantista, el honor es algo más que un derecho. El honor se convierte, en virtud de la convicción y la admisión de una escala de valores determinada, en un compromiso de vida, en la inquebrantable fidelidad a una obligación de comportamiento ante situaciones extremas, en la aceptación incluso de la vergüenza por conducirse conforme a unas normas.

Conciencia, honor, palabras que nos encadenan con mandatos del alma, que no pueden declinar ni ante las órdenes de quienes nos son superiores si no son justas o no se acomodan a los dictados de la conciencia... “Pero el honor -como decía Calderón- es patrimonio del alma. Y el alma sólo es de Dios”.

Conducirse entre orillas tan dispares, entre la perversión y la rectitud, entre el delito y la bondad, acaso sea el gran dilema del hombre culto, sobre todo porque la sociedad actual se muestra indiferente, e incluso despreciativa hacia valores como el honor, y transige sin dificultad con la mentira, convertida hoy en moneda de curso legal.

Será la conciencia, el alma, la formación en la cultura de los valores, las que fijen los parámetros de nuestra actuación, de nuestra vida. La cuestión, sin embargo, puede ser más sencilla de lo que parece. Nos lo recuerdan aquellos versos de “El Divino Impaciente”. En ellos don José María Pemán escribía:

No hay virtud más eminente
Que el hacer sencillamente
Lo que tenemos que hacer



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Actualizado 7 Abril, 2005

 
 
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