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Francisco
de Bethencourt y Manrique de Lara
Abogado
Mentira y honor
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En
el libro “Del sentimiento trágico de la vida”
decía don Miguel de Unamuno que “el sentimiento no
transige con términos medios”. Y en otro de sus libros,
“Sobre la enseñanza del clasicismo” afirmaba
“mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida
en la verdad, aún a sabiendas que no he de encontrarla mientras
viva”.
Vivimos los hombres sujetos a una escala de valores, relavitamente
cambiantes. Aún en el tiempo vertiginoso en que vivimos,
una serie de esos valores tienden a proclamar su vocación
de permanencia, en cuanto que la sociedad debe dotarse de reglas
convencionales que encuentran su origen en el Derecho Natural.
Esta persistencia en esa escala de valores que no necesitan demostración
alguna se manifiesta en un doble sentido. De una parte, porque la
mayoría de los mandatos que el hombre cree encontrar en el
Derecho Natural obtienen un fiel reflejo en los códigos penales
de todos los tiempos; de otra porque la cultura cristiana ha servido
para configurar una significación semejante entre pecado
y delito, que ha contribuido a que esos valores pervivan en nuestras
sociedades modernas.
De este cúmulo de sentimientos, de actitudes vitales, rotundamente
algunos se contraponen. En efecto la mentira constituye una acción
despreciable, encaminada a transmitir a otro u otros una apariencia
deliberada y conscientemente equivocada de la verdad. Para muchos
es propia de la condición humana. San Pablo decía
“Dios es verdad y sin embargo todo hombre es mentiroso”.
Habrá que convenir cierta exageración en la afirmación,
pues existen mentiras intrascendentes, piadosas, que deben ser juzgadas
de forma indulgente.
Un político español ya desaparecido solía afirmar
que cuanto se dice en las campañas electorales excede de
la obligación de cumplimiento de quienes lo proclaman. Una
reflexión ciertamente desalentadora e inquietante, pues esa
mentira, la que recaba a cambio una actitud, la que busca torcer
el imperio de la libertad, debe reprobarse por su oposición
radical a la verdad; claro que, ante estas actitudes viene a la
memoria la ocurrente frase de Noel Clarasó, “un político
es aquel que dice representar la opinión del pueblo sin habérsela
preguntado nunca”. Y habrá que concederle cierto crédito
a Montesquieu cuando afirmaba “verdad en una época
error en otra”, pues queda dicho que, relativamente al menos,
los valores cambian con el tiempo, aunque esencialmente las razones
por las que rechazamos la mentira como actitud perversa poca alteración
admiten.
En la orilla opuesta, el sentimiento más noble que adornar
pueda el alma humana y que nuestra propia Constitución garantiza
en su artículo 18 como derecho fundamental de la persona.
Constituye así el honor una facultad connatural en su naturaleza,
en la esencia individual, indiscutible y reconocida a todos sin
excepción.
Pese a esta proclamación garantista, el honor es algo más
que un derecho. El honor se convierte, en virtud de la convicción
y la admisión de una escala de valores determinada, en un
compromiso de vida, en la inquebrantable fidelidad a una obligación
de comportamiento ante situaciones extremas, en la aceptación
incluso de la vergüenza por conducirse conforme a unas normas.
Conciencia, honor, palabras que nos encadenan con mandatos del alma,
que no pueden declinar ni ante las órdenes de quienes nos
son superiores si no son justas o no se acomodan a los dictados
de la conciencia... “Pero el honor -como decía Calderón-
es patrimonio del alma. Y el alma sólo es de Dios”.
Conducirse entre orillas tan dispares, entre la perversión
y la rectitud, entre el delito y la bondad, acaso sea el gran dilema
del hombre culto, sobre todo porque la sociedad actual se muestra
indiferente, e incluso despreciativa hacia valores como el honor,
y transige sin dificultad con la mentira, convertida hoy en moneda
de curso legal.
Será la conciencia, el alma, la formación en la cultura
de los valores, las que fijen los parámetros de nuestra actuación,
de nuestra vida. La cuestión, sin embargo, puede ser más
sencilla de lo que parece. Nos lo recuerdan aquellos versos de “El
Divino Impaciente”. En ellos don José María
Pemán escribía:
No hay virtud más eminente
Que el hacer sencillamente
Lo que tenemos que hacer
© 2004 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado
7 Abril, 2005
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