Número 21 - Diciembre 2004 - Sección: Opinión
 
 

Domingo Reyes Naranjo
Profesor de Literatura y Educación Especial

El mentiroso, rehén de sus propias mentiras

Decían nuestros abuelos: “Mi palabra es sagrada”. Y era verdad. No necesitaban ningún documento escrito para cumplirla. Y ello, aunque fuera en detrimento de sus propios intereses.

Hoy, en cambio, en una gran parte de los ciudadanos, la lealtad y la firmeza de aquellos hombres se ha esfumado. La palabra dada no vale un comino. Se la lleva el viento cual ligerísima pluma. Sin ningún tipo de pudor, la gente se desdice y niega rotundamente lo dicho anteriormente: “Donde dije digo, digo diego”.

Para nuestra desgracia, en un gran sector de la sociedad reina la mentira, la falsedad. Desde la política, la diplomacia, las relaciones públicas, el mundo empresarial, la economía, la publicidad, etc., las palabras que se dicen, las promesas que se hacen, la mayor parte de las veces no se corresponden en lo más mínimo con lo que sus ejecutivos llevan en sus mentes. Y, claro, así es imposible construir un mundo confortable, relajado, justo, feliz. Con la mentira por estandarte nos convertimos en un nido de escorpiones, nos mordemos unos a otros y nos devoramos sin contemplaciones. El mentiroso es rehén de sus propias mentiras. Queda atrapado en la telaraña que él mismo ha urdido. Ha perdido su libertad; vive en continuo sobresalto de ser descubierto. Socialmente se destruye a sí mismo. Su palabra queda totalmente devaluada. Es víctima de su propia cobardía, de la falta de entereza para enfrentarse a la realidad.

La mentira es uno de los vicios que más denigran al hombre y a la mujer. Por algo, cuando alguien es descubierto en una mentira flagrante, pasa por una gran vergüenza y no puede evitar el sonrojo y el sentirse humillado. Es, sin duda alguna, el reconocimiento tácito de que ha cometido un acto de pura cobardía.

Urge el que establezcamos la confianza y la buena armonía entre los humanos. Para ello, uno de los objetivos es restablecer la soberanía de la sinceridad, de la transparencia, de la verdad. Muerte a la hipocresía, a la falsa apariencia, a la mentira.

El Decálogo bíblico no es, en modo alguno, un palo trabado en la rueda del caminar del hombre, ni está puesto para “aguar la fiesta” y torpedear la felicidad, como algunos han querido ver. Todo lo contrario. Es referente y propulsor de una sociedad ordenada, equitativa y agradable. Y así, uno de sus preceptos nos dice rotunda y escuetamente: “No mentirás”. Y se levanta en la Biblia como una de las columnas básicas en las relaciones humanas. A lo largo de nuestra vida es mucho más rentable enfrentarse a la verdad, aún en los casos de verdaderos compromisos, que recurrir a la mentira. Ésta, tarde o temprano se descubrirá. Y entonces, el honor y la estima del que miente quedan destruidos. Las relaciones con los demás se vuelven estériles y repudiables.

No olvidemos lo que alguien dijo, hace ya mucho tiempo: “La verdad nos hará libres”. Y la libertad es, sin lugar a dudas, la prerrogativa más importante del ser humano.



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Actualizado 7 Abril, 2005

 
 
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