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| Domingo
Reyes Naranjo
Profesor de Literatura y Educación Especial
El mentiroso, rehén
de sus propias mentiras
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Decían
nuestros abuelos: “Mi palabra es sagrada”. Y era verdad.
No necesitaban ningún documento escrito para cumplirla. Y
ello, aunque fuera en detrimento de sus propios intereses.
Hoy, en cambio, en una gran parte de los ciudadanos, la lealtad
y la firmeza de aquellos hombres se ha esfumado. La palabra dada
no vale un comino. Se la lleva el viento cual ligerísima
pluma. Sin ningún tipo de pudor, la gente se desdice y niega
rotundamente lo dicho anteriormente: “Donde dije digo, digo
diego”.
Para nuestra desgracia, en un gran sector de la sociedad reina la
mentira, la falsedad. Desde la política, la diplomacia, las
relaciones públicas, el mundo empresarial, la economía,
la publicidad, etc., las palabras que se dicen, las promesas que
se hacen, la mayor parte de las veces no se corresponden en lo más
mínimo con lo que sus ejecutivos llevan en sus mentes. Y,
claro, así es imposible construir un mundo confortable, relajado,
justo, feliz. Con la mentira por estandarte nos convertimos en un
nido de escorpiones, nos mordemos unos a otros y nos devoramos sin
contemplaciones. El mentiroso es rehén de sus propias mentiras.
Queda atrapado en la telaraña que él mismo ha urdido.
Ha perdido su libertad; vive en continuo sobresalto de ser descubierto.
Socialmente se destruye a sí mismo. Su palabra queda totalmente
devaluada. Es víctima de su propia cobardía, de la
falta de entereza para enfrentarse a la realidad.
La mentira es uno de los vicios que más denigran al hombre
y a la mujer. Por algo, cuando alguien es descubierto en una mentira
flagrante, pasa por una gran vergüenza y no puede evitar el
sonrojo y el sentirse humillado. Es, sin duda alguna, el reconocimiento
tácito de que ha cometido un acto de pura cobardía.
Urge el que establezcamos la confianza y la buena armonía
entre los humanos. Para ello, uno de los objetivos es restablecer
la soberanía de la sinceridad, de la transparencia, de la
verdad. Muerte a la hipocresía, a la falsa apariencia, a
la mentira.
El Decálogo bíblico no es, en modo alguno, un palo
trabado en la rueda del caminar del hombre, ni está puesto
para “aguar la fiesta” y torpedear la felicidad, como
algunos han querido ver. Todo lo contrario. Es referente y propulsor
de una sociedad ordenada, equitativa y agradable. Y así,
uno de sus preceptos nos dice rotunda y escuetamente: “No
mentirás”. Y se levanta en la Biblia como una de las
columnas básicas en las relaciones humanas. A lo largo de
nuestra vida es mucho más rentable enfrentarse a la verdad,
aún en los casos de verdaderos compromisos, que recurrir
a la mentira. Ésta, tarde o temprano se descubrirá.
Y entonces, el honor y la estima del que miente quedan destruidos.
Las relaciones con los demás se vuelven estériles
y repudiables.
No olvidemos lo que alguien dijo, hace ya mucho tiempo: “La
verdad nos hará libres”. Y la libertad es, sin lugar
a dudas, la prerrogativa más importante del ser humano.
© 2004 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado
7 Abril, 2005
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