Número 21 - Diciembre 2004 - Sección: Opinión
 
 

Aixa Lorenzo
Filóloga

Mentiras fundacionales

Mi amiga Verónica habla de las mentiras fundacionales.

Mi amiga Laura habla de la hipocresía que supone negar el beneficio de la mentira.
Ambas opiniones formulan la misma idea: la mentira ni está tan lejos, ni es tan mala. Al menos no tanto como nos quieren o nos queremos hacer creer.

Las mentiras fundacionales son aquellas sobre las que se sustenta la sociedad actual. Y son, además, mentiras colectivas: son de todas y todos nosotros (las asimilamos como reglas del juego de la vida, las adoptamos como propias y las adaptamos a nuestras necesidades) y, en realidad, nos ayudan a vivir. El ejemplo más claro es el amor.

Objetivamente, ¿quién se cree que existe el amor eterno, el de las películas, el que se mantiene intacto, no evoluciona, no crece ni mengua y, sobre todo, no muere? Otro ejemplo: la nacionalidad. ¿Existe algo natural que convierta a un español en español? Quiero decir, ¿qué nos hace ser españoles? ¿Unas fronteras? ¿Dibujadas por qué mano divina? ¿Con la excusa de ser qué cosas mandamos a los ejércitos (personas al fin y al cabo: una, más otra, más otra... Vidas que se acaban) a morir en las guerras? Nacemos aquí o allá y la etiqueta nos viene impuesta.

Otra mentira fundacional: la felicidad. La felicidad es una obligación del hombre y de la mujer occidental. Buscarla nos lleva a leer libros de Jorge Bucay compulsivamente (no tengo nada contra el autor, lo tengo contra el adverbio que acompaña), a leer los horóscopos de los periódicos sin remedio, con más o con menos convicción, o a cambiar la decoración de nuestra casa según los dictados del Feng Shui. O... o a creer en un elenco de dioses varios, incluido el nuestro.

Estas mentiras fundacionales son un bien común. Son propiedad de todos los que nos vemos arropados en ellas y, por mucho que las rechacemos, siempre hay un momento en la vida en que nos sirven como apoyo para actuar de una u otra forma.

Después están las mentiras individuales. Las que cada uno dice en su vida diaria a los demás o a sí mismo con el fin de esconder, disfrazar o matizar una realidad que no nos gusta o inventar una que nos acerque a lo que deseamos. Estas mentiras afectan a cualquiera de los tiempos vitales: pasado, presente o futuro. Y son una varita mágica.

De golpe se esfuman todos nuestros malos actos (las cosas de las que nos avergonzamos o simplemente aquellas de las que no nos arrepentimos, pero que jamás debieron haber sucedido, según la moral de cada uno) y de golpe transformamos lo que no es en lo que queremos que sea: convertimos un vertedero en un paraíso. Y ¿quién nos dice que están mal estas mentiras? Estas mentiras nos permiten mirarnos al espejo por las mañanas; nos dejan respirar en paz; nos hacen sentirnos menos miserables y mejores personas de lo que, a lo mejor, somos; nos dan una tregua para pensar la forma de solucionar un grave error; nos apaciguan en las noches de insomnio... En fin, nos permiten, cada día, seguir creyendo en nosotras y nosotros mismos. ¿A qué viene ser hipócritas y rechazar lo que nos da un poco de tranquilidad para vivir? ¿Quién no miente nunca? ¿Realmente es necesario ser siempre, siempre, siempre honesto, sincero y transparente? ¿Pedirle eso a un padre, a una hermana, a una pareja, a un amigo no es pedir demasiado? ¿No es colgarle sobre los hombros o la conciencia un peso que traicionará sin duda en un momento dado y por lo que obviamente se sentirá culpable? ¿No es esto demasiado cruel para ellos y ellas?

¿Y realmente nosotros queremos escuchar todo eso que se están callando?

Creo que la mentira es, pues, un instrumento válido como cualquier otro para quien lo desee utilizar. Si bien, detrás de cada mentira se descubren unas causas. Y, por supuesto, es obvio decir que cada una acarrea unas consecuencias concretas a las que la persona que las dice debe enfrentarse. La magia de esta varita, como casi todo hoy en día, también tiene un precio. Abracadabra.


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Actualizado 7 Abril, 2005

 
 
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¿Derecho a mentir?
Opinión: Domingo Reyes Naranjo
El mentiroso, rehén de sus mentiras
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Ensayo: Alberto Cabré
Reflexiones sobre ética y práctica publicitarias
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Perfil del enfermo mental crónico
Opinión: Francisco de Bethencourt y Manrique de Lara
Mentira y honor
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Estudio de la mentira
Opinión: Aixa Lorenzo
Mentiras fundacionales
Opinión: Antonio Cruz Domínguez
Las mentiras de la prensa
Encuesta: ¿Se fía usted de la gente?
Punto de Mira: J.A. Glez-Dávila
Mentiras impías (que no piadosas)
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Perfiles: Juan Sánchez Rossi
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