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Aixa
Lorenzo
Filóloga
Mentiras fundacionales
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Mi
amiga Verónica habla de las mentiras fundacionales.
Mi amiga Laura habla de la hipocresía que supone negar el
beneficio de la mentira.
Ambas opiniones formulan la misma idea: la mentira ni está
tan lejos, ni es tan mala. Al menos no tanto como nos quieren o
nos queremos hacer creer.
Las mentiras fundacionales son aquellas sobre las que se sustenta
la sociedad actual. Y son, además, mentiras colectivas: son
de todas y todos nosotros (las asimilamos como reglas del juego
de la vida, las adoptamos como propias y las adaptamos a nuestras
necesidades) y, en realidad, nos ayudan a vivir. El ejemplo más
claro es el amor.
Objetivamente, ¿quién se cree que existe el amor eterno,
el de las películas, el que se mantiene intacto, no evoluciona,
no crece ni mengua y, sobre todo, no muere? Otro ejemplo: la nacionalidad.
¿Existe algo natural que convierta a un español en
español? Quiero decir, ¿qué nos hace ser españoles?
¿Unas fronteras? ¿Dibujadas por qué mano divina?
¿Con la excusa de ser qué cosas mandamos a los ejércitos
(personas al fin y al cabo: una, más otra, más otra...
Vidas que se acaban) a morir en las guerras? Nacemos aquí
o allá y la etiqueta nos viene impuesta.
Otra mentira fundacional: la felicidad. La felicidad es una obligación
del hombre y de la mujer occidental. Buscarla nos lleva a leer libros
de Jorge Bucay compulsivamente (no tengo nada contra el autor, lo
tengo contra el adverbio que acompaña), a leer los horóscopos
de los periódicos sin remedio, con más o con menos
convicción, o a cambiar la decoración de nuestra casa
según los dictados del Feng Shui. O... o a creer en un elenco
de dioses varios, incluido el nuestro.
Estas mentiras fundacionales son un bien común. Son propiedad
de todos los que nos vemos arropados en ellas y, por mucho que las
rechacemos, siempre hay un momento en la vida en que nos sirven
como apoyo para actuar de una u otra forma.
Después están las mentiras individuales. Las que cada
uno dice en su vida diaria a los demás o a sí mismo
con el fin de esconder, disfrazar o matizar una realidad que no
nos gusta o inventar una que nos acerque a lo que deseamos. Estas
mentiras afectan a cualquiera de los tiempos vitales: pasado, presente
o futuro. Y son una varita mágica.
De golpe se esfuman todos nuestros malos actos (las cosas de las
que nos avergonzamos o simplemente aquellas de las que no nos arrepentimos,
pero que jamás debieron haber sucedido, según la moral
de cada uno) y de golpe transformamos lo que no es en lo que queremos
que sea: convertimos un vertedero en un paraíso. Y ¿quién
nos dice que están mal estas mentiras? Estas mentiras nos
permiten mirarnos al espejo por las mañanas; nos dejan respirar
en paz; nos hacen sentirnos menos miserables y mejores personas
de lo que, a lo mejor, somos; nos dan una tregua para pensar la
forma de solucionar un grave error; nos apaciguan en las noches
de insomnio... En fin, nos permiten, cada día, seguir creyendo
en nosotras y nosotros mismos. ¿A qué viene ser hipócritas
y rechazar lo que nos da un poco de tranquilidad para vivir? ¿Quién
no miente nunca? ¿Realmente es necesario ser siempre, siempre,
siempre honesto, sincero y transparente? ¿Pedirle eso a un
padre, a una hermana, a una pareja, a un amigo no es pedir demasiado?
¿No es colgarle sobre los hombros o la conciencia un peso
que traicionará sin duda en un momento dado y por lo que
obviamente se sentirá culpable? ¿No es esto demasiado
cruel para ellos y ellas?
¿Y realmente nosotros queremos escuchar todo eso que se están
callando?
Creo que la mentira es, pues, un instrumento válido como
cualquier otro para quien lo desee utilizar. Si bien, detrás
de cada mentira se descubren unas causas. Y, por supuesto, es obvio
decir que cada una acarrea unas consecuencias concretas a las que
la persona que las dice debe enfrentarse. La magia de esta varita,
como casi todo hoy en día, también tiene un precio.
Abracadabra.
© 2004 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado
7 Abril, 2005
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