| |
| José
Mateo Díaz
Ex-Magistrado del Tribunal Supremo y Ex-presidente de los
TTSSJJ de Canarias y Madrid
¿Derecho a mentir?
|
 |
Creo que el título más apropiado para este
pequeño comentario debería ser “el derecho a
mentir”, puesto que si sorprendente es la aceptación
por la sociedad actual del fenómeno de la mentira, más
lo es todavía que hayamos construido un derecho a mentir.
Hace muchos años existió en Las Palmas un curioso
personaje al que se le puso por nombrete “Mentira latente”,
en referencia a una película de mucho éxito en los
años cincuenta. Hoy el apodo carecería de utilidad
dado el elevado número de candidatos a detentarlo con todo
merecimiento.
Este supuesto derecho, que se ejercita a diario en el mundo judicial,
en la política y en el sector empresarial, constituye uno
de los muchos desafíos que el ordenamiento jurídico
hace a la moral. Del sano principio de que nadie está obligado
a declarar en su contra hemos pasado, sin solución de continuidad,
a la idea de que es lícito confundir a los demás con
nuestras mentiras, calculadas en beneficio propio y presentadas,
muchas veces, como una defensa necesaria.
Tal vez la costumbre de mentir se deba a la cobarde idea de que
la verdad nos expone a muchos peligros. “Donde hay poca justicia
es un peligro tener razón”, decía don Francisco
de Quevedo, y ciertamente nuestro mundo es injusto.
Pero la mentira no va a ayudar a mejorarlo. Hay países y
ordenamientos que siguen manteniendo el principio de que ni siquiera
el acusado puede mentir a un Tribunal. Ejemplo relevante son los
Estados Unidos de América, nación tan denostada por
una Europa que ha ido perdiendo progresivamente tensión moral.
Estados Unidos ofrece múltiples paradojas. En ellos nació
la primera Constitución y en ellos nacieron los Derechos
Humanos, todo envuelto con planteamientos francamente injustos en
numerosos problemas, en especial sus relaciones con el Tercer Mundo,
basadas en un ciego capitalismo. Y en esta nación se mentiene
el delito de perjurio, incluso con respecto a los acusados en procedimientos
penales.
Todos conocemos el caso de Nixon, cuyo impeachment (o acusación)
prosperó y tuvo que renunciar a la Presidencia; y el de Clinton,
en que no prosperó. En uno y otro caso lo que sacudió
a la opinión pública no fueron ni el espionaje al
partido rival ni la aventura erótica, sino que hubieran mentido
al pueblo americano, a la prensa y sus instituciones.
En cambio nosotros vamos por ahí justificando las mentiras
de nuestros políticos, diciendo cosas como aquella de que
las promesas en política sólo vinculan a quien se
las cree.
Y ya que acabamos de nombrar a la prensa, subrayemos el retorcimiento
de la verdad en que se ha llegado en ésta, a salvo siempre
de las excepciones de rigor; retorcimiento que unas veces se produce
con informaciones falsas, no constrastadas, o deliberadamente manipuladas,
y otras veces ocultando parte de la verdad y permitiendo que la
opinión pública sea arrastrada en la dirección
equivocada.
Así, no es de extrañar que en los procesos penales,
que tanto apasionan a la opinión pública, acabe por
haber tres verdades: la verdad material o histórica, integrada
por lo verdaderamente acontecido; la verdad periodística
(¿quién no recuerda el caso Urquijo?), fruto de las
maquinaciones de alguna prensa, y que llega a ser dogma de fe para
una opinión pública poco preparada; y la verdad judicial,
constreñida a lo que pudo probarse en el proceso.
Rara vez las tres coinciden. Pero, ¿le interesa a esta sociedad
que coincidan?
TALLER
© 2004 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado
7 Abril, 2005
|
|