Número 21 - Diciembre 2004 - Sección: Carta del director
 
 

Juan Presa Rioboo
Director de PUNTO DE ENCUENTRO

A oscuras

La mentira pertenece a ese grupo de realidades cotidianas tan evidentes como inadvertidas. Se nos ha pegado tanto a la piel como una calcomanía, a veces un verdadero tatuaje de los que están tan de moda. Pero el admitirla como parte inseparable de nosotros mismos depende de nuestra voluntad.

Después de analizar concienzudamente lo que significa la mentira, sus causas, sus consecuencias, sus razones, me doy cuenta de que, coma arriba coma abajo, todos sabemos de forma natural lo que es, y nos damos mucha cuenta de cuándo la utilizamos, al menos en los casos no patológicos; porque hay mentirosos patológicos que se creen sus tergiversaciones. Y no hablo de enfermos mentales. Hablo de gentes de todo tipo, transeúntes, compañeros, jefes, amigos, que han incorporado la mentira en sus vidas, hasta el punto de que ambas han quedado confundidas.

Por lo tanto, no hace falta tanto definirla, como preguntarnos por qué le damos tanto pábulo en la actualidad, por qué hemos renunciado a la veracidad. Aún hay muchas personas que se mantienen firmes en la verdad, pero admitamos que las que no lo hacen han alcanzado un número excesivo. Y todo me lleva a recordar, con mayor o menor nitidez, el daño que se nos hace a cada uno de nosotros cada vez que se nos miente o nos mentimos a nosotros mismos. Sobre todo cuando la mentira sale a la luz. Y qué duda cabe de que sale, tarde o temprano.

Me acuerdo de mis mentiras, y de las de los demás, las que infligí y las que me infligieron, las que no salían de mi propia piel, y las que venían o iban afuera. Las que me impedían ver mi propia realidad y las que me ocultaban el mundo real. Todas ellas tenían un tronco común, una especie de gen inconfundible: el egoísmo y el miedo, dos filos del mismo cuchillo.

Realmente los problemas con los que nos enfrentamos diariamente no exceden de un grupillo selecto, repetido en diferentes combinaciones y con infinidad de disfraces. La comodidad, por ejemplo, es uno de esos personajes cotidianos. Antes lo llamaban pereza, y era uno de los “pecados capitales” (que, la verdad, ya no se llevan), pero ahora lo han reconvertido, lo han envuelto en papel celofán azul con un lazo rojo satinado, y se llama comodidad, una especie de objetivo universal de toda acción humana, una palabra mágica casi obligada en los anuncios publicitarios.

Pues la comodidad, que por lo visto algunos aprecian tanto, es, en su lado más perverso, una de las causas de la mentira, de la personal e interior, pero también de la exterior. Nos es más cómodo mentirnos que encarar la realidad tal cual es. Es fácil ver el proceso. La comodidad está en un platillo de la balanza, cada vez más gorda y lustrosa, bien alimentada, y en el otro está la honestidad (ya menguante y pocha como una anciana). El primero cada vez pesa más y el segundo menos.

El miedo a enfrentarse a determinadas responsabilidades o reacciones de algunas personas también suele invitarnos a mentir, porque de nuevo es más cómodo escaquearse que plantar cara a la realidad.

El descubrimiento de las propias mentiras necesita de un largo proceso de catarsis personal que sólo se alcanza a partir de una voluntad clara y resoluta. La vida (para unos), Dios (para mí) nos enseña, paso a paso, el camino para realizar ese descubrimiento. Es un sendero polvoriento, pedregoso, lleno de cardos, poco concurrido. Lo ha de recorrer uno mismo; es difícilmente transferible. Por muchas páginas que llenara yo en este artículo no podría ahorrarle al lector su propia catarsis. Es trabajo personal.

Pero con el tiempo, el esfuerzo honesto, y la ayuda de Dios, descubre uno lo que importa y lo que no; quién es el responsable de los fracasos (en un apabullante número de casos, uno mismo) y la razón por la que uno hace determinadas cosas o mantiene determinadas actitudes. Aprende, por ejemplo, a dejar de defenderse de los gigantes imaginarios, a no ver contrincantes donde sólo hay personas, o a mirar más allá de las apariencias (gentes que parecen muy exitosas y felices y en realidad sólo esconden mediocridad y desgracia, u otras que pasan desapercibidas y resultan ser verdaderas joyas), a no ir por la vida pisando tan fuerte (sobre todo si pisamos a los demás), ni a dar noticia de nuestra debilidad con nuestra falsa fortaleza. Descubre que no sirve de nada estrellar nuestra amargura contra nuestros familiares, amigos o vecinos, porque sólo la cambiamos de lugar y nos viene devuelta. Aprende uno, en fin, a ser humilde, que en palabras de Santa Teresa es “andar en la verdad”. Como puede verse, la lista de mentiras es infinita, como la de los males. O sea, aprende uno a reconocer las mentiras de cada día, a dicernir realidad y deseo.

No es casualidad que la encarnación del Mal, Satanás, reciba en la Biblia el nombre de Príncipe de la Mentira, y la misma palabra diablo significa en griego “gran calumniador”, procedente del arameo. Tampoco es casual que uno de los Diez Mandamientos sea “no mentirás ni darás falso testimonio”. Mentira y Mal están, por tanto, íntimamente relacionados.

Luego están las mentiras hacia afuera, que suelen ser conscientes, las que intentan sacar provecho, enriquecerse, evitar responsabilidades... De ésas, qué vamos a decir. Todos las conocemos. Nuestra sociedad está llena de ellas. A veces acaban quitándonos la conciencia, porque las terminamos por aceptar como verdades. Ya no somos siquiera capaces de distinguirlas. Esta es la gran enfermedad de la sociedad occidental de hoy. Mentira y verdad han sido tan magistralmente mezcladas, que el potaje no sabe ni salado ni dulce sino todo lo contrario. Muchos optan ya por no comer nada, y hacerse simplemente escépticos, ateos, apolíticos, aconfesionales, asociales, asexuales... O ese laicismo del que se habla tanto (el Estado Laico que tan de moda está) que me da que no es tan independiente ni democrático como lo pintan. ¿No es el laicismo también un sistema ético (o anti-ético), equiparable a la religión? ¿Se trata, pues, de quitar uno por otro? Trataremos este tema más adelante.

El objetivo de este artículo no es hacer una descripción de la mentira, sino dar la voz de alarma respecto a su mimetización en la vida diaria. Si seguimos aceptando que mentir es lo normal (por ejemplo en publicidad) vamos hacia la destrucción total de la palabra y de la confianza mutua.

¿Qué podemos hacer al respecto? Mucho. No entrar en el juego. Primero, empezar a denunciar la falsedad de todas las maneras posibles. Segundo, ser veraces en nuestras actividades diarias. ¿O acaso creen que las leyes servirán, en este punto, para algo útil? Como siempre, la última palabra la tenemos nosotros mismos.



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Actualizado 7 Abril, 2005

 
 
Portada
Punto de Partida
Manuel Morales, Socio de Honor
Cuestación Navideña
Carta del director
A oscuras
Ensayo: José Mateo Díaz
¿Derecho a mentir?
Opinión: Domingo Reyes Naranjo
El mentiroso, rehén de sus mentiras
Nuestro taller
 
Actualidad: Educación familiar
Congreso AIFREF - Marzo 2005
Ensayo: Alberto Cabré
Reflexiones sobre ética y práctica publicitarias
Ensayo: Saulo Pérez Gil
Perfil del enfermo mental crónico
Opinión: Francisco de Bethencourt y Manrique de Lara
Mentira y honor
Ensayo: Agustín Melián
Estudio de la mentira
Opinión: Aixa Lorenzo
Mentiras fundacionales
Opinión: Antonio Cruz Domínguez
Las mentiras de la prensa
Encuesta: ¿Se fía usted de la gente?
Punto de Mira: J.A. Glez-Dávila
Mentiras impías (que no piadosas)
Centro Especial de Empleo
ACAMÁN
Perfiles: Juan Sánchez Rossi
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