| |
| Juan
Presa Rioboo
Director de PUNTO DE ENCUENTRO
A oscuras
|
 |
La
mentira pertenece a ese grupo de realidades cotidianas tan evidentes
como inadvertidas. Se nos ha pegado tanto a la piel como una calcomanía,
a veces un verdadero tatuaje de los que están tan de moda.
Pero el admitirla como parte inseparable de nosotros mismos depende
de nuestra voluntad.
Después de analizar concienzudamente lo que significa la
mentira, sus causas, sus consecuencias, sus razones, me doy cuenta
de que, coma arriba coma abajo, todos sabemos de forma natural lo
que es, y nos damos mucha cuenta de cuándo la utilizamos,
al menos en los casos no patológicos; porque hay mentirosos
patológicos que se creen sus tergiversaciones. Y no hablo
de enfermos mentales. Hablo de gentes de todo tipo, transeúntes,
compañeros, jefes, amigos, que han incorporado la mentira
en sus vidas, hasta el punto de que ambas han quedado confundidas.
Por lo tanto, no hace falta tanto definirla, como preguntarnos por
qué le damos tanto pábulo en la actualidad, por qué
hemos renunciado a la veracidad. Aún hay muchas personas
que se mantienen firmes en la verdad, pero admitamos que las que
no lo hacen han alcanzado un número excesivo. Y todo me lleva
a recordar, con mayor o menor nitidez, el daño que se nos
hace a cada uno de nosotros cada vez que se nos miente o nos mentimos
a nosotros mismos. Sobre todo cuando la mentira sale a la luz. Y
qué duda cabe de que sale, tarde o temprano.
Me acuerdo de mis mentiras, y de las de los demás, las que
infligí y las que me infligieron, las que no salían
de mi propia piel, y las que venían o iban afuera. Las que
me impedían ver mi propia realidad y las que me ocultaban
el mundo real. Todas ellas tenían un tronco común,
una especie de gen inconfundible: el egoísmo y el miedo,
dos filos del mismo cuchillo.
Realmente los problemas con los que nos enfrentamos diariamente
no exceden de un grupillo selecto, repetido en diferentes combinaciones
y con infinidad de disfraces. La comodidad, por ejemplo, es uno
de esos personajes cotidianos. Antes lo llamaban pereza, y era uno
de los “pecados capitales” (que, la verdad, ya no se
llevan), pero ahora lo han reconvertido, lo han envuelto en papel
celofán azul con un lazo rojo satinado, y se llama comodidad,
una especie de objetivo universal de toda acción humana,
una palabra mágica casi obligada en los anuncios publicitarios.
Pues la comodidad, que por lo visto algunos aprecian tanto, es,
en su lado más perverso, una de las causas de la mentira,
de la personal e interior, pero también de la exterior. Nos
es más cómodo mentirnos que encarar la realidad tal
cual es. Es fácil ver el proceso. La comodidad está
en un platillo de la balanza, cada vez más gorda y lustrosa,
bien alimentada, y en el otro está la honestidad (ya menguante
y pocha como una anciana). El primero cada vez pesa más y
el segundo menos.
El miedo a enfrentarse a determinadas responsabilidades o reacciones
de algunas personas también suele invitarnos a mentir, porque
de nuevo es más cómodo escaquearse que plantar cara
a la realidad.
El descubrimiento de las propias mentiras necesita de un largo proceso
de catarsis personal que sólo se alcanza a partir de una
voluntad clara y resoluta. La vida (para unos), Dios (para mí)
nos enseña, paso a paso, el camino para realizar ese descubrimiento.
Es un sendero polvoriento, pedregoso, lleno de cardos, poco concurrido.
Lo ha de recorrer uno mismo; es difícilmente transferible.
Por muchas páginas que llenara yo en este artículo
no podría ahorrarle al lector su propia catarsis. Es trabajo
personal.
Pero con el tiempo, el esfuerzo honesto, y la ayuda de Dios, descubre
uno lo que importa y lo que no; quién es el responsable de
los fracasos (en un apabullante número de casos, uno mismo)
y la razón por la que uno hace determinadas cosas o mantiene
determinadas actitudes. Aprende, por ejemplo, a dejar de defenderse
de los gigantes imaginarios, a no ver contrincantes donde sólo
hay personas, o a mirar más allá de las apariencias
(gentes que parecen muy exitosas y felices y en realidad sólo
esconden mediocridad y desgracia, u otras que pasan desapercibidas
y resultan ser verdaderas joyas), a no ir por la vida pisando tan
fuerte (sobre todo si pisamos a los demás), ni a dar noticia
de nuestra debilidad con nuestra falsa fortaleza. Descubre que no
sirve de nada estrellar nuestra amargura contra nuestros familiares,
amigos o vecinos, porque sólo la cambiamos de lugar y nos
viene devuelta. Aprende uno, en fin, a ser humilde, que en palabras
de Santa Teresa es “andar en la verdad”. Como puede
verse, la lista de mentiras es infinita, como la de los males. O
sea, aprende uno a reconocer las mentiras de cada día, a
dicernir realidad y deseo.
No es casualidad que la encarnación del Mal, Satanás,
reciba en la Biblia el nombre de Príncipe de la Mentira,
y la misma palabra diablo significa en griego “gran calumniador”,
procedente del arameo. Tampoco es casual que uno de los Diez Mandamientos
sea “no mentirás ni darás falso testimonio”.
Mentira y Mal están, por tanto, íntimamente relacionados.
Luego están las mentiras hacia afuera, que suelen ser conscientes,
las que intentan sacar provecho, enriquecerse, evitar responsabilidades...
De ésas, qué vamos a decir. Todos las conocemos. Nuestra
sociedad está llena de ellas. A veces acaban quitándonos
la conciencia, porque las terminamos por aceptar como verdades.
Ya no somos siquiera capaces de distinguirlas. Esta es la gran enfermedad
de la sociedad occidental de hoy. Mentira y verdad han sido tan
magistralmente mezcladas, que el potaje no sabe ni salado ni dulce
sino todo lo contrario. Muchos optan ya por no comer nada, y hacerse
simplemente escépticos, ateos, apolíticos, aconfesionales,
asociales, asexuales... O ese laicismo del que se habla tanto (el
Estado Laico que tan de moda está) que me da que no es tan
independiente ni democrático como lo pintan. ¿No es
el laicismo también un sistema ético (o anti-ético),
equiparable a la religión? ¿Se trata, pues, de quitar
uno por otro? Trataremos este tema más adelante.
El objetivo de este artículo no es hacer una descripción
de la mentira, sino dar la voz de alarma respecto a su mimetización
en la vida diaria. Si seguimos aceptando que mentir es lo normal
(por ejemplo en publicidad) vamos hacia la destrucción total
de la palabra y de la confianza mutua.
¿Qué podemos hacer al respecto? Mucho. No entrar en
el juego. Primero, empezar a denunciar la falsedad de todas las
maneras posibles. Segundo, ser veraces en nuestras actividades diarias.
¿O acaso creen que las leyes servirán, en este punto,
para algo útil? Como siempre, la última palabra la
tenemos nosotros mismos.
© 2004 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado
7 Abril, 2005
|
|