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| Juan
Presa Rioboo
Director de PUNTO DE ENCUENTRO
La
responsabilidad, respuesta oportuna
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Nos
encontramos en este número con otro de los pilares morales
y éticos del comportamiento humano. Responsabilidad viene,
etimológicamente, de respuesta, por lo tanto la responsabilidad
constituye la manifestación patente y constante de la aceptación
por parte de una persona de sus obligaciones, de su contribución
a la sociedad, de su respuesta activa ante las necesidades y los
compromisos mutuos. Sin ella no se puede esperar nada del otro,
la sociedad no puede confiar a la persona ninguna tarea, y tampoco
esa persona puede llegar a sentirse útil, ni parte de un
grupo.
Podemos afirmar que toda persona, por muy especiales o peculiares
que sean sus circunstancias, tiene siempre unas determinadas responsabilidades,
y que éstas varían en grado según la posición
social y el cometido laboral y personal, los talentos y capacidades,
la herencia recibida de cada uno. Hasta el enfermo inválido
tiene ciertas responsabilidades consigo mismo y con quienes le atienden:
dar testimonio de fortaleza y de ilusión por vivir, de entusiasmo
y positividad, de gratitud a la vida por lo poco o mucho que se
nos ha dado; esto también es una importante contribución
a la experiencia vital de quienes nos rodean. Y esa parte de nuestro
aprendizaje (el ejemplo de otras personas) se ha querido relegar,
si no de forma activa, sí tácitamente, a un puesto
de cola en la formación humana, y sin embargo constituye
el principal patrimonio para hacer frente al vivir diario. Vivir
no es, ni mucho menos una técnica, sino un equilibrio, a
veces misterioso, entre experiencias y sentimientos, certezas y
dudas.
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En nuestra cultura contemporánea occidental, que exalta valores
como la individualidad, el relativismo absoluto y los derechos por
encima de los deberes (esto no lo hace con alevosía pero
la realidad lo evidencia), no resulta fácil hablar de la
responsabilidad, porque metemos el dedo en la herida de las obligaciones,
y las obligaciones exigen esfuerzo, renuncia, sacrificio, respeto...
en una palabra, autocontrol. Y todo lo que cae fuera de la diversión
y lo placentero, principales referencias e iconos de nuestra época
para una buena parte de la sociedad, no es políticamente
correcto, sino un masoquismo anticuado.
A la responsabilidad está muy unido ese “factor humano”
que tan frecuentemente leemos en las noticias de accidentes y desastres.
El conductor que bebió y atropelló, el controlador
que no atendió, el funcionario que no se molestó en
cumplir con tal norma de seguridad, el constructor que prefirió
ganar más a costa de abaratar los materiales u omitir sistemas
de seguridad, el industrial de la alimentación que se ahorró
en materia prima y causó enfermedad en miles de personas,
la industria tabaquera a la que jamás le importó la
salud de los consumidores... Nuestro tejido productivo es una red
que si se corta por cualquier punto deja entrar toda clase de desgracias.
La responsabilidad es también la virtud y la valentía
de reconocer los propios actos aunque ello conlleve, caso de equivocación
o mala ejecución, escarmiento, reprobación, rechazo.
Desgraciadamente, los ideales personales de muchos individuos se
han desviado hacia territorios muy poco esperanzadores. Ser honesto
hasta en las cosas pequeñas no está de moda, porque
el ambiente social dominante considera que hay que vadear las obligaciones
para que simplemente parezca que se cumplen. Cubrimos el expediente
y llegamos, por medio de atajos, al objetivo inicial: dinero, reconocimiento
social, poder, ocio, comodidad, ausencia de complicaciones, etc.
La lista sería interminable. Urge concienciar a padres y
educadores, a la sociedad en general, de la necesidad de recuperar
la responsabilidad personal como valor en alza. De lo contrario,
todos lo pagaremos muy caro porque no podremos confiar los unos
en los otros, y seremos los últimos en la lista de prioridades
de nuestros semejantes.
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© 2004 Obra Social de Acogida y Desarrollo
Actualizado
16 Noviembre, 2004
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