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Amada
Acosta Ayala

Es de justicia detenernos a reflexionar
tras la reciente partida de tan entrañable e íntegra
Señora. Sin duda ha sido una de las damas más singulares
del siglo pasado en nuestra sociedad canaria. Nacida en El Hierro
a principios de siglo, vivió su edad madura en Gran Canaria,
convirtiéndose en paradigma de mujer entera, mujer de profunda
fe y probadas virtudes. Fue esposa, compañera y confidente
de uno de los empresarios más preclaros de la época
en Canarias, D. Diego Vega Sarmiento, de grato recuerdo: con él
fundó una familia que resultó numerosa y fructífera,
la principal Obra de Dña. Amada.
Pero su influencia benéfica trascendió a toda
la sociedad, sembrando en ésta y aquella los valores trascendentes
en los que edificó su vida.
Cuando la conocí por el año 1996, ya cargada de años,
ella comenzaba a percibir las limitaciones que le imponía
la edad. Pero la edad no oscurecía su luminoso porte, elegante
y femenino, su figura venerable, que evidenciaba una vida llena,
y la revestía de autoridad maternal. Fue mujer hacendosa
y no dejó de serlo a pesar de su vejez, vivida desde un espíritu
jovial. Recuerdo que después de uno de sus viajes a Madrid,
donde pasó unos días en familia, a los noventa y un
años, me comentó que se había “disfrazado
de vieja” en una fiesta familiar.
La recuerdo siempre ocupada en hacer el bien a cuantos podía,
comenzando por los más próximos a ella: su familia,
sus conciudadanos; sin poner fronteras a su corazón. Con
su singular presencia cualquier persona se sentía acogida,
consolada y aliviada. Fue un apoyo para los suyos y para los ajenos.
En los momentos difíciles se hacía presente, aportando
serenidad, confianza. Sostenía la fe, el ánimo y la
esperanza. Una constante de su vida fue estar atenta al sufrimiento
de los más pobres. Se ocupó además de todo
lo que atañe al culto y a la Piedad rectamente entendidas,
y dejó claros ejemplos de ello.
Practicó una solidaridad auténtica. Cuando ayudaba
no se contentaba con dar o prestar ayuda puntual, sino que se implicaba
personalmente en la solución de las situaciones de necesidad,
haciéndolas suyas. Su ayuda nunca se limitó a un compromiso
huidizo ni jamás nadie se sintió humillado al recibirla.
Ésta es una cualidad que sólo la encontré en
almas grandes.
Me siento hondamente afortunado y agradecido a la Providencia por
haber tenido la oportunidad de conocerla, y por haber sido testigo
directo de sus cuidados y desvelos. El sentir de los que vivimos
en esta Obra Social de Acogida y Desarrollo es que, en presencia
de doña Amada, nadie se sentía huérfano de
madre. Su mirada escrutadora y viva sabía captar la necesidad
más inmediata para remediarla inmediatamente; todos la hemos
sentido como una Madre Buena.
Sin previo aviso, con esa discreción, solicitud y ternura
que sólo tienen las madres, nos la podíamos encontrar
en la cocina, en la ropería o en cualquier servicio de la
Casa, interesándose por si faltaba algo. Acudió mientras
pudo a los actos de familia de la Obra Social. En ella se concentraban
las miradas, nuestros más nobles sentimientos, por la dulzura
que desprendía. Su figura, en fin, realza, da plenitud a
lo que toca, y lo dignifica, y no podemos ni queremos borrarla de
nuestro recuerdo.
Ha sido una aliada perfecta sumando voluntades, bienhechores y donativos
para esta Casa. No podía disimular su alegría cuando
conseguía algún donativo. Lo sabíamos con sólo
verla asomar, por ese alegre semblante que ha quedado impreso para
siempre en nuestros corazones.
¡Gracias por su ejemplo!
¿Seremos capaces de seguirlo?... Seguro que lo vamos a intentar.
Hno. Jesús García Barriga
PRESIDENTE DE LA OBRA SOCIAL
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